9. PAISAJES, FAUNA Y FLORA, y novena etapa

Es triste comunicar que más del noventa por ciento de los animales terrestres, no domésticos, que pudimos ver estaban fiambres, aplastados en la calzada.
De 1400 kilómetros al menos mil fueron por pistas habilitadas a los vehículos de motor y quedé alucinado con la cantidad de cadáveres que nos encontrábamos en las carreteras. No es que me topase con animales muertos todos los días, es que me topaba con animales aplastados por los coches/camiones/motos a cada rato.

4Entre los animales atropellados con los que me puede cruzar estaban las aves (lo que más… mogollón de pájaros muertos, y es curioso que, las especies que pueden volar sean las más atropelladas), babosas (muchas vivas e imposible de esquivar), los erizos (a montones), las ratas, varios tejones, un hurón, un zorro….
Es claramente desastrosa la cantidad de animales que mueren en las carreteras, y eso que íbamos por vías secundarias, porque supongo que en autopistas se disparará el número de atropellos involuntarios.

Animales salvajes vivos no abundaban nuestra mirada, pero alguno cayó, por estadística siempre caen. Conejos y liebres son los que más cruzaban por nuestro destino, pero Mickey y Manu llegaron a ver corzos entre los árboles.
Patos y águilas veíamos casi todos los días. Y entre los domésticos podemos contar a las ovejas y a los caballos como multitud… más que vacas. Cada parcela en barrio pudiente poseía un équido con cara de gordo.

A2En cuanto a la flora no puedo extenderme nada, pues no me fui fijando mucho en los árboles y plantas que nos rodeaban. Sé que pasamos por robledales, pinares y mogollón de bosques diferentes de parques naturales. También nos topamos con muchos avellanos y manzanos, y eso hacía que Mickey quisiera pararse a recolectar en cada uno de ellos.

Y estando en Francia, que es la primera potencia agrícola de la UE, decoraban nuestros ojos la gran variedad de sembrados por todo el país. Los principales cultivos serían de trigo y maíz, y mazo viñedos. Girasoles y hortalizas creaban monótonos paisajes, haciéndolos largos y aburridos.

El paisaje de los cultivos era el más repetido en el viaje, pero también fue habitual (sobre todo en Bélgica) circular a la vera de los ríos con sus respectivos árboles. Este paisaje es sin duda más agradable que el de los interminables sembrados, aunque es cierto, que en los grandes ríos, muchas veces nos encontrábamos centrales nucleares con sus feas chimeneas. Y tampoco es que oliese muy bien paseando por este tipo de lugares.
También eran agradables las vistas del mar al principio del viaje, en Aquitania, que ofrecía bonitos acantilados y playas.


ETAPA 9
En esta etapa acabaríamos en el cementerio… pero antes hicimos todo lo posible para sobrevivir y, a pesar de la oscuridad, no fue un día triste.

Tempranito salimos de la casa de nuestro buen huésped Alexandre, retrocediendo seis kilómetros y medio para ver Orleans, la ciudad donde se produjo una de las últimas batallas de la Guerra de los Cien años, y que tuvo de protagonista a Jeanne d’Arc (Juana de Arco).
Explotación total como emblema de la ciudad a esta doncella, figura histórica que te puedes encontrar en todo rincón de Orleans. Monumento, casa, carteles, avenidas, paquetes de clínex… todo con su nombre, Juana de Arco por los ojos, Juana de Arco por las orejas, Juana de Arco por el ojete. Es lo único “guay” para el turista en Orleans, ella y la catedral, así que no tardamos en coger el camino del norte.

DosSalir de la ciudad no fue nada complicado, pues una avenida la atravesaba por completo y nos trasladaba directamente a las afueras, hacia un camino forestal de diez kilómetros de largo. Sin duda fue un trecho muy agradable, pero luego llegaron los desiertos.
Fue salir de la pista forestal y el paisaje se transformó en inmensos cultivos de lechuga. Era algo infernal, me recordaba a las interminables carreteras del desierto de Nevada que se ven en las películas y en los dibujos del Correcaminos: Yo, mi bici y la carretera, somos uno.

Hicimos pocas paradas, y pasamos por Saint Lyé la Foret, Vellereau, Crottes en Pithiverais, Bazoches les Gallerandes, Charmont en Beauce y paramos a comer en Autruy sur Juine.

En este último ocurrió algo, se olía el desastre. Yo llegué antes, aparqué la bici y me puse a descansar mientras les esperaba, pero los minutos pasaban y ellos no llegaban nunca. La preocupación rondaba mi cabeza como los buitres lo hacían en la cabeza de uno de mis compañeros. Estaba nervioso, pues una pequeña cuesta-arriba no me dejaba extender la vista a lo largo de la carretera, y cuando estuve a punto de coger mi vehículo para retroceder en la búsqueda de mis colegas… aparecieron, con cara de medio-cabreados, medio-sonrientes ¿Qué paso?
Resultó ser, que nuestro amigo Manu Bolsón, último con diferencia en la marcha, había vuelto a pinchar por QUINTA vez en el viaje (alucinante) y nosotros (Mickey y yo), sin darnos cuenta habíamos tirado hasta el fin. Mickey, avisado por su sexto sentido, se había quedado a esperarle en algún punto intermedio, y un conductor de un coche (muy amable él) le avisó de la mala fortuna que había tenido nuestro colega.
Cuando Mickey retrocedió para ayudar a Manu, este ya había reparado el pinchazo… podían seguir, hasta que me encontraron en Autruy sur Juine esperando ¡Qué desgraciados!

Por fin comimos y después, anestesiados por nuestro estómago lleno y el buen tiempo que hacía, nos sentamos a descansar en un cementerio… aunque como ya cité unas líneas antes, no sería el último camposanto que pisarían nuestros culos ese día, pues a la noche de esta etapa la muerte sería nuestro huésped. Pero antes quedan más cosas que contar.

Procedimos con lo que nos quedaba de camino. Pasamos por Méréville, Saclas, Boissy la Riviére y en Étampes compramos la cena en un Carreful.
Teníamos pensado pasar la noche en Étréchy, en un camping que habíamos localizado por Internet, y para allá nos dirigimos, sin prisas, pues era pronto aún (le habíamos dado mucha caña… estábamos a tope).

100_4044Noventa kilómetros hicimos en total ese día. Ya estábamos en Étréchy ¿El problema? No encontrábamos el camping y nadie en el lugar sabía de ningún camping. Estábamos abandonados.
Ya empezaba a agitarnos el frío gracias al viento que recorría aquellas estrechas calles y no nos quedaba otra que buscar soluciones en ese lugar. Manos a la obra, había que fichar guaridas, soportales, por muy sucios que estén, cual mendigo deshecho en la perdición ¿Acabaríamos muertos?
Pensamos quedarnos en la estación de tren, un hueco que nos podía salvar del viento, pero no del chirriante sonido de los trenes a toda velocidad. En ese hueco pasamos unas horas jugando a las cartas, para evadirnos del problema de la noche.

Recorrimos por última vez las calles del pueblo buscando algo que pudiese salvarnos… no, no era un camping, ya sabíamos que eso no existía por esas coordenadas ¿Entonces? ¿Qué buscábamos? Ya lo sabéis, ya lo dije al principio: buscábamos el cementerio para pasar una noche tranquila y cuando lo encontramos flipamos en colores, pues parecía que alguien nos había preparado el terreno, ya que, el muro era bajo y casi escalonado, facilísimo incluso para las bicicletas. Solo Manu se oponía a esta aventura nocturna, que parecía preferir la opción de los trenes chirriantes, pero nada, sacamos nuestras navajas y como éramos dos contra uno, le obligamos a entrar en razón.

Dicho y hecho, después de cenar en un parking cerca de este cementerio, sobre las diez de la noche, nos dirigimos con el mayor silencio del mundo al muro del camposanto y de uno en uno fuimos saltando y pasando las bicicletas. Nos acomodamos en el enorme techado que tenía ese lugar y sin decir nada más nos metimos en los sacos.
Esa fue mi primera y hasta ahora la única noche que he pasado en un cementerio, y en la siguiente etapa contaré que tal se nos hizo la noche.

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