12. CÓCTEL DEL TIEMPO, y duodécima etapa

El tiempo de estos lugares está loco (al menos en verano), es una amalgama de frío, calor, gotas en forma de puñales y viento. El mismo día podíamos tener todo eso y más.
Cierto es que cuantos más peldaños subíamos a la latitud más botones debíamos abrochar a la camisa, no vaya a ser que nos entre un resfriado de esos que reparte Satán de manera altruista y misericordiosa.

Al principio nos llovía de vez en cuando y si a Min no le daba por mear, se asomaba Ra, y así funcionaba el sur francés veraniego, ese suroeste al que acuden todos los gabachos del interior a refrescarse en las gélidas olas del golfo de Vizcaya.
Como es lógico, cuanto más al norte más frío y lluvia, pero cuando el Sol salía tocaba los colganderos a más no poder. Mickey se puso más morenete de lo que está, Manu se convirtió en una fresa (siempre ha sido un poco fresita) y lo mío fue algo intermedio, me quemé algo, pero el color era más dorado y bonito que el de estos perro-flautas.

El viento también nos odiaba e intentaba frenar nuestro avance hacia la victoria. Cuando conseguíamos subir una súper cuesta-arriba y sonreíamos al ver la cuesta-abajo que tocaba después el viento ponía la palma de su mano en nuestro pecho y nunca nos dejó coger la velocidad del sonido.
Era un enemigo invencible y malévolo que a veces nos traía gotas de nubes lejanas cuando en nuestra cabeza sonreía el solete; era un asesino retorcido que nos hacía tambalearnos en los caminos peligrosos; era un canalla único que nos obligaba a irnos a la cama prontito si no queríamos que nos petrificara.

La lluvia… esta también nos hundió la moral un puñado de veces, sobretodo en el país belga, ahí no paró.
Creímos que doña lluvia estaba siendo piadosa con nosotros, pues siempre que llovía a lo largo del camino lo hacía cuando estábamos entrando a algún pueblo o ciudad, después de estar mogollón de kilómetros desprotegidos. Lo único malo de la lluvia en Francia es que nos retrasaba la marcha, pues debíamos esperar en cualquier techado yonki hasta que amainaran las nubes.
En Bélgica otro cuento se contó: la lluvia era la cuarta compañera del viaje, no paró, y nosotros tampoco podíamos parar. Solo el primer día en ese país nos dejó en paz, pero cuando vino, ya no quiso irse. Echamos en falta un plástico de grandes dimensiones con el que cubrirnos cuando el chaparrón iba a saco a por nosotros, pero bueno, nos tocó pedalear mojados en el país y sobre todo en Bruselas.

Chubasqueros, yo no llevé y me tuve que comprar uno al llegar a Irún, pero no me lo puse apenas, pues era incómodo e inservible. Solo llevaba un abrigo de entretiempo que se podría decir que era impermeable, aunque el móvil, cartera y demás acabaron empapados.
Mis amiguetes iban mejor preparados, con sus súper chubasqueros, aunque al final Mickey dejó pasar al agua hacia sus pies y se pasó los tres últimos días en la capital “verga” con los pies calados.
En cambio, yo fui el único que llevaba chubasqueros para las alforjas (sí para las alforjas, no para mí) y mis amigos tuvieron que usar bolsas de plástico para proteger los macutos del agua destructor. De todos modos, tanto las alforjas como nosotros acabamos los dos últimos días bien empapados y con ganas de morir ¡Qué barbaridad!

Nada más que contar del tiempo… muy cabrón, ya está.


ETAPA 12
La alarma alborotó nuestra paz a las siete y media de la mañana y, tras un rápido desayuno dejamos atrás el odioso camping, tirándonos cuatro o cinco pedos en él, porque somos muy malos y con nosotros no se mete nadie.

A cinco kilómetros estaba Noyon, y allí pararíamos para ver la catedral de Notre-Dame (aquí todas las catedrales se llaman igual) lugar donde fue consagrado Carlomagno.
Mickey y Manu entraron a verla por dentro, yo preferí quedarme fuera a disfrutar del solamen, que no duraría mucho esa mañana.

100_4145El dolor de rodilla iba pasando de Mickey a mí y viceversa, ahora le dolía a él, y yo estaba como nuevo, como si me hubiesen cambiado la piernaca.

Terminada la visita exprés montamos en las bicis y a la rutina. Los primeros pueblos que pasaron por nuestra vista fueron Crisolles, Guiscard, Berlancourt… en una de estas comunas paramos a beber agua y a hablar con un parisino llamado Pablo, muy majete el chico, que también cicleaba, pero hasta Copenhague. Justo ahí Manu se dio cuenta de que su bicicleta estaba hecha de mierda pura, pues volvió a pinchar la rueda. Minutos después, ya reparada, proseguimos el camino.

Estábamos pasando por zonas muy afectadas por las dos Guerras Mundiales y no era raro encontrarse cementerios de los soldados caídos en dichos momentos. No solo eso, estábamos en el año 2014, justo hacía un siglo de la Primera Guerra Mundial y algunas recreaciones para recordar a estos soldados se estaban realizando por la zona. Llegamos a ver coches militares de la época con sus soldados y todo, parecía que habíamos retrocedido en el tiempo, en plena guerra ¡Qué horror!

Pasábamos de largo de estos extraños encuentros y acabamos perdidos entre varios pueblos, en una zona bastante bonita, pero laberíntica por una serie de canales que pasaban por ahí, y para colmo empezó a caer un buen chaparrón, o mejor dicho, un mal chaparrón, que nos hizo refugiarnos en el ayuntamiento de una de esas aldeas… aprovechamos para tomarnos el aperitivo ¡Chocolate, chocolate, chocolate!

20140823_132128Fue aquí cuando mis amigos me dejaron entender con un par de comentarios que, estaban hasta la gran minga del viaje, pues diciendo tontás soltaron algo así como “Si tuviera una puerta mágica como la de Doraemon me iría a casa ahora mismo y le daban por culo a Bélgica”. Lo dijeron los dos y a mí me sorprendió bastante, pues estaba disfrutando como un enano en ese mismo instante, mientras esperaba a que las nubes se decidieran a marchar… y ellos no. Cierto es que, esto, me entristeció un poco.

Los pueblos por los que pasamos tenían estos nombres: Villeselve, Cugny, Saint Simon, Tugny et Pont, Artemps, Seraucourt le Grand, Fontaine les Clercs y Dallon. No recuerdo en cuál de ellos tuvimos que parar a refugiarnos de las gotas congeladas, porque estaban congeladas.
Estos pueblos, como comenté antes, eran preciosos: los canales, los puentes, las presas y los pequeños bosquecillos de alrededor creaban un bonito paisaje.

100_4151Poco más de trayecto. Pasamos por Dallon y finalmente San Quintín, donde no pretendíamos quedarnos allí a dormir, pero la vieja de información turística nos dijo que el único camping cercano (y lejano) se encontraba allí, en San Quintín.
Antes había que comer, pues sí, aún eran las dos de la tarde, a penas habíamos hecho cincuenta kilómetros y estábamos como rosas, salvo la rodilla de Mickey.
Justo después de comer se puso a llover otra vez y estuvimos en unos soportales conectados a internet buscando futuros anfitriones en Bélgica y ¡Sí! Una mujer accedió a alojarnos en su casa en Mons al día siguiente… buena noticia.

Poco a poco pasaban las horas en aquella plaza de San Quintín donde estábamos tan agustito (ya había dejado de llover hace un rato) y decidimos quedarnos. Compramos en un súper la cena y la comida del día siguiente, que sería domingo, y tiramos al camping municipal de la ciudad.

En este camping, barato, tuvimos tiempo para hacer muchas cosas y así ocurrió. Nos duchamos, nos tumbamos en el césped, disfrutamos de los últimos rayos de sol que vinieron después del chaparrón, jugamos a las cartas y por fin se hizo todo oscuro y siniestro y en ese momento aprovechamos para cenar.

100_4157Fue un buen día, sobretodo porque hicimos solo 50 míseros kilómetros, pero bueno. Mickey seguía dolido de su rodilla… a ver qué tal mañana.

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