13. “BÉLGICA”, y decimotercera etapa

Mi tercer viaje a Bélgica y el primero de “Centauro (mi bici)”. Uno de mis países favoritos, si me lo permitís. El pequeño país que está en medio de todas las trifulcas sin quererlo… El “campo de batalla” de Europa.

No puedo opinar sobre el ciudadano belga, pues poco trato hemos tenido con ellos. Ninguno de nuestros dos huésped en aquel país era de sangre belga y aunque perduramos cinco días en Bélgica no nos relacionamos mucho con sus habitantes salvo en contadas ocasiones. Una de ellas en un mercadillo de un pueblo del país donde nos timaron con un aguacate, pero aun así parecieron muy majetes.

Bélgica es un país con una gran densidad de población, y daba la sensación al recorrerlo, que entre pueblo y pueblo no existía una distancia. Veíamos el cartel que indica la entrada a una población y sin salir de la zona urbanizada nos encontrábamos el cartel que daba fin a dicha comuna y sin apenas distancia, otro cartel anunciando la entrada al pueblo vecino.
El camino que recorrimos fue a lo largo de una serie de canales que unían las ciudades importantes del sur de Bélgica y el paisaje no era muy bello, la verdad: poco verde, casi siempre edificios alrededor, centrales nucleares y curiosas presas en el canal (que atraían al turismo de interior).

Hasta ahora, lo que he mencionado de Bélgica no mola un cacho ¿Entonces por qué me gusta tanto este país? Bueno, las ciudades son muy molonas: arquitectura, canales, monumentos. La gastronomía: chocolate, patatas fritas, cerveza… Ojalá pudiese sobrevivir comiendo solo esto.

El tamaño del país es mísero, comparándolo  con el mío. Allí me puedo trasladar de un sitio a otro enseguida, ya sea en bicicleta (muy respetada y utilizada en este país) o en tren, pues su red ferroviaria es envidiable.
Por esto, y seguramente, por muchas cosas más, me gusta visitar Bélgica de vez en cuando, a pesar de las lluvias y de las aglomeraciones en puntos céntricos.

Ya está, dejemos mis argumentos publicitarios para ensalzar el país a un lado y hablemos de sus carriles bici.
Lo dicho, Bélgica tiene la bici hasta en la sopa, todos tienen bicicleta y a todos les gusta usarla a la vera de un canal, en ciudad o donde sea. Es un medio de transporte que está bien asimilado en la cultura belga, y por eso los vehículos a motor no te muestran la calidad de su bocina cada dos por dos.

Nada más hablaré de Bélgica porque nada más sé de Bélgica, y ya se habrá dado cuenta de que el tema principal de esta etapa (“Bélgica”) es claramente para rellenar, pues no tengo más información que dar sobre este viaje y algo tendré que poner.

Ahora, para rellenar un poco más el pavo os contaré la historia de “la Oronda de Bruselas”, una mujer de grandes dimensiones (sobre todo a lo ancho) a la que tuvimos la desgracia de ver en acción por las calles de la capital europea.
Ya se sabe que en este lugar abundan los deliciosos gofres, esos dulces que parecen trozos de paneles de abejas condimentados con sirope de cualquier cosa, frutos y demás. Pues existen los camiones de gofres (como los camiones de helados en USA) por las calles de Bruselas, con su musiquita y todo.
Ya se escuchaba esta melodía pegadiza a nuestras espaldas cuando “la Oronda de Bruselas”, emocionada, ansiosa y agitada como mínimo, pegó un grito de elefante y saltó entre dos coches aparcados para llegar a tiempo al camión de su medicina, con intención de agarrarse a él (y derribarle) si este tenía intención de escapar.
“La Oronda de Bruselas” consiguió lo que quería, al igual que el vendedor, y nosotros fuimos severamente castigados al contemplar esta horripilante y traumática acción, pues nuestros ojos y oídos nublaron sus capacidades durante unos minutos. Creo que esa noche ninguno de nosotros pudo pegar ojo, y yo, de vez en cuando, tengo pesadillas con “la Oronda de Bruselas”.


ETAPA 13
Frío del que te deja el pito para adentro es el que amaneció con nosotros en San Quintín. Me levanté de un salto, me vestí y corrí hacia el espacio cerrado del camping habilitado para zampar. Mis compis hicieron lo mismo y aprovechamos para desayunar ahí. Poco a poco volvimos a adquirir calorcito.

Mientras desayunábamos con toda nuestra calma, a Mickey le entró uno de sus cinco apretones matutinos y se ausentó para ir al escusado. Don Bolsón y yo vimos aparecer por los alrededores al señor de la limpieza y empezamos a sospechar que iba a tener un duro trabajo en los baños masculinos… En efecto, Mickey llegó al merendero con una sonrisa desencajada en la face, porque había vuelto a liarla inexplicablemente: según él, había dejado todo enchorizado, y según Manu también, pues engañado hábilmente por su amigo cagón, entró después al baño en el que se había desatado la guerra de los mundos.
Manu no sería el único testigo, pues pronto salió de los servicios el pobre señor de la limpieza, temblando y con ganas de despedirse definitivamente de su trabajo. Ahora y siempre me siento afortunado de no estar entre los que contemplaron el terror.

¡Basta de cháchara! Alforjas en los pies, bicicleta en la espalda, pantalones en la cabeza ¡A la carga! O mejor dicho, la carga a nosotros.
Mickey no se había recuperado del todo y predicaba una etapa bien jodida, pues todo lo que no hicimos el día anterior había que fumárselo ese 25 de Agosto. 85 kilómetros calculábamos, que no eran tantos comparados con otras etapas realizadas, pero físicamente nos estaba pasando factura las burradas de algunas etapas.
Bueno, había que llegar a Mons (Bélgica) sí o sí, pues nos esperaba nuestra misteriosa huésped, mujer que, según su perfil en la página de Couchsurfing, se alimentaba de viajeros. Bruja que vive en un palacete a las afueras de la ciudad, y los pocos que han podido escapar de sus garras escribieron estas inquietantes referencias en su perfil, pero no nos quedaba otra opción que pernoctar en su tenebrosa casa, pues preferíamos eso antes que dormir en la calle… Grave error. Pero todo a su tiempo.

100_4159Cogimos el turbo que nos caracterizaba en ocasiones críticas, ese turbo que no entiende de dolores ni averías, y fuimos atravesando algunas pequeñas comunas como Omissy, Lesdins, Sequehart, Brancourt le Grand, Prémont, Maretz, Maurois, Reumont, Montay, Forest en Cambrésis o Englefontaine. Todas estas pequeñas comunas citadas eran idénticas entre sí, la carretera atravesaba el pueblo y a lo largo se extendían las casas bajas, bastante feas ellas. A penas se veía gente en las calles y siempre había algún monumento al soldado desintegrado.

Finalmente llegamos a Bavay, una comuna de interés histórico que alberga importantes ruinas romanas… Ruinas que no nos paramos a ver, pues después del largo trayecto solo pensábamos en zampar bocata.
Conseguimos comprar pan (a pesar de ser el día del Señor) y a comer como cerdacos en la plaza de Bavay, que por cierto, estaban de festejos por lo del centenario de la I Guerra Mundial.

Todo esto lo cuento rápido porque así fue realmente, hicimos 66 kilómetros antes de comer, o sea, a toda mecha… Y no te hagas la estrecha.
Después de jalar es comprensible que quisiéramos echar una cabezadita (también queríamos echar una canita al aire, pero eso estaba muy fuera de nuestras posibilidades), y así fue, no en mi caso, que soy medio hiperactivo, pero Mickey cerro los ojos y se fue a soñar con Minnie.
Manu y yo dedicamos una hora a dar vueltas por el pueblino a encontrar zona wifi, pero no encontramos nada.

100_4161Hecho, pilas recargadas, ahora solo teníamos una cosa en la cabeza, “frontera”, a ocho kilómetros nada más, que después de los mil cien que llevábamos pensar en ocho kilómetros nos daba la risa.
Nos perdimos un poquito, pero en la buena dirección. Rellenamos bidones en un cementerio (el último que viésemos en Francia) y enseguida llegamos a la tan esperada frontera con Bélgica, donde nos volvimos medio locos e hicimos cosas que no puedo contar porque entonces nadie querría mirarnos a la cara nunca más. Os dejo la foto más suave que llegué a tomar en dicha carretera, en plena frontera.

100_4170Un objetivo más conseguido, Francia de sur a norte. Para terminar esta etapa nos quedaban quince kilómetro cortos, pues con el subidón de ánimo no nos podría parar ni la chica de la curva.
Muy pronto llegamos a Mons, así que nos pusimos a ver un poquillo la ciudad antes de buscar la casa de la bruja. Después de visitar los sitios de más interés de la ciudad belga (una iglesia en lo alto de un mirador, el ayuntamiento, la plaza principal…) nos tomamos unas cervezas Manu y yo en una terraza medio españoleta (muy cara), pero solo lo hicimos para conseguir wifi y comunicar a la bruja piruja que ya habíamos llegado a Mons.

20140824_171738Empezamos a buscar por los alrededores del municipio y al final encontramos la casa vieja, donde la terrible señora nos esperaba mirando por la ventana. Ya no había marcha atrás, estábamos atrapados.
Susan se llamaba la bruja. Nos obligó a dejar las bicicletas en su piso de abajo y nos invitó a subir a su salón. Estaba todo oscuro, las escaleras crujían, olía a pedo de gato y la decoración asustaba de veras. Nos acomodamos en los sofás y nos dio de beber unos brebajes que decía que se llamaba… Cerveza. Pues sí, estaba mintiendo para hacerlo todo más emocionante: Susan era (y es) un amor, una mujer que nos cuidó como si fuera nuestra madre. Ella y su gato nos recibieron con cervezas, nos preparó la cena (deliciosa) y nos aconsejó sobre multitud de cosas. Le debemos mucho a esta mujer, pues además de todo esto nos dio colchón para sobar y descansar nuestros 90 kilómetros del día.

20140824_210909Antes de partir al mundo de los sueños, Manu y yo visitamos el ayuntamiento, pues estaban realizando un espectáculo audiovisual en este lugar sobre lo sucedido en Mons en la época de guerra. Cuando volvimos, Mickey había vuelto a adueñarse de la mejor cama y estaba durmiendo como un bebé, chupando su dedo pulgar, en posición fetal y con el pañal puesto.

Ahora sí, hasta mañana hijos de pulgas.

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