La Chica De Hierro

Como cada tarde me encontraba en el quiosco, aburrido, pues a esas horas pocos clientes vienen a comprarme. Quizás algún niño deseoso de conseguir el cromo final que complete la colección; o un par de viejas asustadas por su salud, adquiriéndome la nueva revista que habla de los últimos avances contra el cáncer y algunos remedios que suponen un gasto inútil en el herbolario.

Pero todo estaba tranquilo. Ya había terminado de colocar las cosas y me salí fuera del puesto para observar a la gente. Conocía a la mayoría: el que pasea al perro, la que compra fruta, los enamorados, los chavalines que colocan petardos en las cacas de perro, el viejo del banco esperando a que pase alguna chica de cincuenta años menos… todos eran caras conocidas.

Y de repente apareció ella, a la que también conocía de vista. Se dirigía a su casa, al otro lado de la carretera, con su mochila y su oscuro uniforme. Claramente vendría de una de sus clases extraescolares.
Parecía nerviosa, pensativa, y eso la llevo al error, pues cruzó la vía sin mirar siquiera el semáforo en rojo para los peatones. Observé de reojo al tráfico y tan rápido ocurrió que no me dio tiempo ni a gritar.

El autobús intentó esquivarla, pero no lo consiguió. Se la llevó consigo y chocaron contra la fuente de la glorieta… pude ver claramente como el cuerpo de la joven impactaba en la fuente, rompiéndola con la fuerza del autobús.
No existía posibilidad alguna de supervivencia, ya seas un humano, Batman, un elefante o un extraterrestre. Imposible salir con vida de esa. Fue brutal.

Pero no solo salió con vida, sino que además la vi marcharse sin ningún rasguño. Ahora sí miraba a todos lados, buscando testigos mientras corría hacia la acera, pero ningún ojo la señalaba, pues el caos formado por el accidente era mucho más llamativo que pensar en un atropello. Solo el conductor del autobús, cuando pudo salir preguntó por la chica, pero esta ya se había metido en el portal de su edificio.
Ningún pasajero sufrió heridas graves. De la demacrada fuente salía un chorro a presión y la calle, ya cortada por la policía, empezaba a inundarse… el conductor seguía desconcertado, pues ya le habían informado de que no había ningún cadáver bajo su autobús.

Yo tenía miedo y, no sé si fue por eso que no dije nada a la policía cuanto esta me interrogó. Sé que tenía que haberlo hecho, pues si no el conductor iba a estar metido en un buen lío, pero el susto, la impresión, la incapacidad de comprender no me permitió revelar lo ocurrido realmente.

Esa noche dormí poco. Mi cabeza intentaba encontrar una explicación a la fantástica salvación de la muchacha y, por más vueltas que le daba más convencido estaba de los súper poderes de esta persona ¿Sería una especie de Súper-chica? ¿Existirá más gente como esta?
Sabía dónde vivía y a qué hora saldría de su casa, así que me propuse hablar con ella para que me contara su extraño secreto, aunque reconozco que estaba acojonado.

Tuvieron que pasar dos días hasta que la volví a ver, saliendo de su casa, con cara de no haber dormido mucho.
Empecé a notar los latidos de mi corazón nada más verla y me encaminé hacia ella, dejando el quiosco abierto, pero la curiosidad tiraba más que cualquier otra cosa.
La joven andaba de espaldas a mí y tuve que tocarla el hombro para llamar su atención. Ella se sobresaltó y me miró de arriba abajo. Sin vacilar en ningún momento la pregunté por su estado y la chica, asustada, respondió con un “bien” entrecortado y siguió andando, pero esta vez más deprisa.

Corrí un poco para alcanzarla y colocarme a su vera. Después seguí hablándola: la dije que no se preocupara, que lo había visto todo y no tenía intención de pregonarlo, la hice entender que lo único que me interesaba era una respuesta lógica a lo que pasó.
Ella, al principio no dijo nada, pero cuando comprendió que estaba preocupado empezó a contestarme a las preguntas.
Para mi sorpresa, esta muchacha tampoco tenía ni idea de cómo había conseguido sobrevivir al accidente. No solo eso, tampoco había sentido dolor alguno cuando fue embestida por el vehículo.

Tanto ella como yo, completamente desconcertados, nos despedimos y cada uno se fue por su lado. La incógnita seguía sin resolverse y mi cabeza dándole vueltas.

Pasaron los días y todo se había tranquilizado un poco. De vez en cuando me topaba con esta chica, pero a pesar de nuestros cruces de miradas nunca intercambiábamos palabras.
Un día, cerrando el quiosco, me la encontré de cara y espontáneamente le saludé y ella me devolvió el saludo. Sin dejar escapar esta oportunidad la hice parar un instante y le propuse una idea que seguramente a ella también se le habría ocurrido.
Debía autolesionarse y así comprobar al cien por cien su increíble poder, pero no parecía muy por la labor, pues me confesó que, al pellizcarse y golpearse sí sentía el dolor correspondiente.
Eso me dio que pesar. Tal vez dicho poder solo era efectivo cuando se trataba de evitar su muerte… se lo comuniqué, pero ella se largó.

Al día siguiente no me esperaba que fuese ella quien viniese a pedirme el favor de que la lesionara. La verdad es que no me gustaba la idea, pero quería comprobar la magia de esta chica, así que accedí a ello.

Horas después nos encontrábamos en mi casa, ella tumbada en el suelo y yo, de pie junto a ella, con un enorme mazo para derribar paredes que debía golpear su cabeza en esta ocasión.
Los dos estábamos muy nerviosos y queríamos que acabara cuanto antes y, cuando la muchacha me dio la señal yo ni lo pensé, golpeé su cráneo con todas mis fuerzas.

Su cabeza se partió al instante, dejando salir disparado largos chorros de sangre que forraron todas las paredes, objetos y a mí mismo de color rojo.
Asustado removí a la chica o lo que quedaba de ella. Esperaba que su cabeza volviese a reconstruirse por arte de magia, pero nada, la muchacha no volvería a la vida nunca más.

Y… eso es lo que ocurrió señoría, no tengo nada más que decir en mi defensa.

Inmortal

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