3. Quien camina ahorra gasolina

Resulta que dormí poco y mal, y los culpables fueron el calor (un edredón de los gordos como Falete), la luz matutina (estoy acostumbrado a las persianas y cuando me alejo de España las echo tanto de menos como a mi mami) y los ronquidos de mi amiguete (dormíamos en la misma cama), pues es un roncador de los buenos, de los que han ganado concursos estatales.

“¡Arriba gilipollas!” Me dije entusiasmado “A ducharte, que ya hueles a caca de vacuno”. Pues eso muchachas, tomé la ropa nueva y pisando concienzudamente a Rudolf para despertarle me fui directo a la ducha. No había llevado toalla y mi colegui no quería prestarme la suya, así que me limpié con la camiseta sucia (sí, es una marranada, pero era eso o no ducharme, y sinceramente, prefería remojarme los sobaquetes y los huevetes).

Después vino el turno de Rudolf y yo mientras preparaba la mochilita con la que turistearíamos por la city. Nuestra anfitriona también despertó, pero no dio mucho tiempo a hablar con ella porque enseguida marchamos… ya quedaríamos con esta chica por la tarde.

El metro era caro para nosotros y si no nos atrevíamos a colarnos algo tendríamos que hacer ¿No? Pues solucionado, iríamos andando a todas partes, que es una ciudad muy llanita y para algo existen las patas, además de para poner huevos y así continuar la especie.
El barrio donde residíamos se encontraba a siete kilómetros del centro de Berlín y el camino era muy sencillo, pues una avenida muy larga (Straße des 17. Juni) unía los dos puntos, y además pasaba por lugares la mar de interesantes.

Lo primero que nos encontramos fue un mercadillo de domingo con todo tipo de artíCULOS artesanales, libros, comida, etcétera. Este mercadillo estaba justo en el inicio del gran parque berlinés, el pulmón verde de la ciudad, el Tiergarten, y la avenida larga por la que íbamos atravesaba el parque de forma fulminante, al igual que mi cuchillo atraviesa tu roscón de reyes cuando tengo hambre.
Paso a paso conseguimos llegar sin apenas cansarnos a la Columna de la Victoria, que es como el monumento central del Tiergarten, y como su nombre indica es una altísima columna que conmemora la victo… ¿Qué victoria? ¿Cuándo ha ganado una guerra Alemania? Bueno, es que resulta que el monumento es un poquito más viejo de lo que creíamos, 1874, y conmemora la victoria de Prusia en la Guerra de los Ducados… sí, esa, la de los cigarrillos.

SIETEDecidimos subir a la torre, pues nos lo había recomendado Lena. Pagamos los tres euros que valía y el recorrido empezaba en una especie de museo sobre el monumento, que sala a sala se iba convirtiendo en un museo dedicado a los monumentos emblemáticos de otros lugares del mundo, como la Torre de Pisa o la Torre Eiffel. La Sagrada Familia representaba a Catalunya… ¡digo a España! ¡Caramba! Se me ha ido la olla por un instante.
Nos giñamos un poquito porque nunca encontrábamos las escaleras para subir y empezamos a pensar que los tres euros que habíamos pagado solo eran para ver la caca-museo, pero por fin encontramos la interminable escalera de caracol, col, col, saca los cuernos al Sol.
Con el pulmón apaleado llegamos arriba y apenas había espacio para tanta gente, pero a base de empujones nos hicimos con un hueco para hacer fotazas al cielo, porque lo que es la ciudad… un poco feuca para los ojos, la verdad.

Desde la cima de la columna vimos que un poquito más adelante se encontraba la Puerta de Brandeburgo, y allá que fuimos, pero en vez de seguir por la calle larga esa del principio nos metimos por los caminillos del Tiergarten, para ver como los cuervos se comen a los niños abandonados.
De repente nos topamos con dos tanques y una estatua de un soldado de bronce en lo alto de una estructura de columnas. Se trata de uno de los varios monumentos soviéticos en honor a los soldados caídos en la Segunda Perra Mundial.

De monumento en monumento y tiro porque estoy contento. Ahora es el turno de la Puerta de Brandeburgo, pero tampoco la prestamos mucha atención, porque empezó a llover con locura, y sí, vimos que era muy chachi, pero la Puerta de Alcalá tampoco tiene mucho que envidiar, que solo le saca cinco metros mierdosos, sin embargo el Arco del Triunfo de París es el doble de alto que la puertecita esta de Berlín… en fin, menudo trajín.

OCHOEl hambre empezaba a apretar, pero aún era pronto, así que esperamos bajo un toldo de un puesto de comida rápida a que dejara de llover y después seguimos “to pa lante” hasta desviarnos a nuestra derecha y darnos de cara con la Bebelplatz, una plaza que olía a letras chamuscadas, pues en este lugar fue la famosa quema de libros por parte de las Juventudes Hitlerianas y los Camisas Pardas en 1933. Y en medio de la plaza una ventana al inframundo que conmemora lo sucedido.
Esta plaza está rodeada por el teatro de ópera (edificio en obras en el momento en que pasamos), la Universidad Humboldt y al sur la Catedral de Santa Eduvigis, muy antigüita, la más antigua iglesia católica romana de Berlín.

Después de esta visita nos sentamos a descansar un poco de la caminata y nuestros pies nos lo agradecieron enormemente, pero les duró poco la alegría, pues como dije antes, el hambre llamaba continuamente a nuestras cabezas, así que reanudamos la marcha hacia la isla de los museos, un cacho de tierra rodeado por el río Spree. En su interior nos podemos encontrar con una gran cantidad de museos, y desde el Lustgarten (el jardín central) vimos la enorme catedral de Berlín y el Museo Antiguo (Altes Museum). Varias fotos en el lugar y a seguir caminando ¡Leñes! ¡Qué tenemos hambruza!

NUEVESalimos de la isla por la parte este y enseguida vimos una zona de restaurantes caros llenos de terrazas caras con comida cara y gente de todas las nacionalidades soltando billetes grandes. Lo único que parecía digno para nuestra clase social era otro restaurante “kebab”, que contrastaba sobremanera en aquella plaza hostelera “¡Compremos un kebab!” nos dijimos “¡Para variar!”
Pues mal, este establecimiento era todo fachada… el “tío del kebab” (que sabía españaca perfectamente) nos obligó a sentarnos en la terraza para que observásemos la carta tranquilamente. Esa carta era sangre para los ojos, pues los precios no concordaban con los otros establecimientos de comida turca del mundo entero… no nos costó decirle que nos íbamos pitando de allí, pero el hambre nos traicionó y decidimos comprar algo para el camino. Mi coleguita compró una mierda de cartón con patatas, carne y a saber que más. Y yo compré un simple kebab vegetal, pero al “tío del kebab” se la sudó completamente y me puso un kebab de carnaca total… ¡Qué cabrón! Pues nada, Rudolf comería doble.

A pocos pasos una calle más normal y transitada, con restaurantes de comida rápida con precios normales, y esto curó nuestros sentidos, o al menos los míos, pues por fin sacié mi hambre devorando el falafel (acompañado de una buena cervezuela).

En esta calle más normal y transitada había varias cosas molonas, de esta salía un callejón sin salida propio de los yonkis que se esconden de Batman en la ciudad de Gotham. Sin embargo estaba limpio de los pincha-brazos y llenito de turistas. El callejón estaba invadido por impresionantes murales y pequeñas esculturas humanoides o maniquíes desnudos, algunos restaurantes alternativos y varios museos, como el de Ana Frank.

DIEZYéndonos ya de allí a Rudolf le entró el apretón y se metió en el Petarbucks a soltar todo lo malo mientras yo contacté con Lena para quedar en algún sitio. Los dos objetivos fueron alcanzados, Rudolf perfumó la cafetería y yo conseguí quedar con nuestra amiga alemana, pero dentro de unas horas. Mientras tanto decidimos visitar el Fernsehturm de Berlín, el símbolo de la ciudad, la gigantesca torre de televisión, situada en Alexanderplatz. En esta plaza también podemos encontrar el Reloj Mundial, uno de los monumentos más visitados en esta ciudad, un reloj que marca las horas de las ciudades principales de cada franja horaria, como para volverse loco (en realidad nosotros, completamente ignorantes, pasamos por delante del reloj y ni nos dimos cuenta… lo veríamos al día siguiente).

Aún quedaba una hora para encontrarnos con Lena en la estación de metro Princestrße y decidimos ir andando, otra vez, para multiplicar las ampollas, pue este lugar se encontraba a cuarenta minutos desde nuestra posición.
El camino se hizo largo, pero curioso, pues era todo muy distinto a lo que habíamos visto antes de Berlín. Esta parte de la ciudad (la antigua parte comunista) tenía dos diferencias claras al Berlín oeste, estas eran la economía (todo era más barato) y la arquitectura (bloques de edificios enormes, grises, feos y aburridos, pero también nos encontrábamos más grafitis y murales chulos, como el de mi pirulo.

ONCEPor fin llegamos al punto de encuentro, ya en el Berlín occidental, y comenzamos a buscar a Lena por un parque a lo largo de un canal (LandwehrkANAL), pero ella no aparecía y decidimos llamarla, y aun así fue imposible encontrarnos, por lo tanto cambiamos nuestro punto de encuentro y en media hora o así ya estábamos los tres juntitos otra vez.
Ahora ella era la guía, y decidió llevarnos a una cafetería (en metro, pues ella no tenía ninguna intención de andar). Una cafetería hípster con sofás cómodos y lámparas a media luz, una decoración en plan “somos chachis” con tanto cuadro alternativo y fotos de pezones… la verdad es que me gustaba el ambiente tranquilo y los sofás me vinieron de lujo porque me había entrado un sueño considerable, y por si era poco me pedí una cerveza, al contrario que mis acompañantes, que optaron por la opción de la cafeína.
Un dato curioso: buscando esta cafetería (Mano Café) en Google Street, me he encontrado el edificio donde se ubica censurado por completo. Pincha aquí para verlo tú mismo.

En esta cafetería estuvimos una hora más o menos y yo estuve a punto de sobarme, solo abrí los ojitos para posar en esta foto que nos hizo la camarera, una española que desde año y medio se busca la vida en Alemania, como tantos otros, pero ¿De verdad viven mejor en tierras germanas que cuando estaban en su país natal? Yo creo que pocos lo consiguen.

DOCEVolvimos a casita de Lena. Seguía siendo pronto, pero el turisteo había sido intenso y estábamos cansaditos. De todas formas mi amigo Rudolf y yo nos pusimos manos a la obra con una nueva misión, la creación de una tortilla de patatas para nuestra anfitriona.
No sé cuánto tardamos en hacerla, pero fue un trabajo duro porque somos pésimos cocineros (al menos yo) y porque no solemos hacer tortillas de patatas, pero al final creo que salió algo decente aunque con poca sal.
Nos zampamos la tortilla y acto seguido nuestra amiga Lena nos envió rápido a la cama, porque al día siguiente ella curraba y tenía que levantarse pronto, así que na, al sobre, que mañana hay más y peor.

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