4. ¡Qué curioso, un oso!

Cuando despertamos, a eso de las nueve de la mañana, Lena ya se había ido a trabajar. Como la mañana anterior me duché y me sequé con mi camiseta-toalla, luego le tocó el turno a Rudolf y yo mientras preparaba la mochila: un par de manzanas, chubasqueros, lubricante, tabaco para Rudolf…
Nos comimos un par de bollos y salimos pitando, que aún nos faltaban mazo cosicas que ver y ya solo nos quedaba un día, el día en que nos compraríamos un billete de metro de turista cada uno, un billete que te vale para todo el día (pero no 24 horas, sino hasta las tres de la madrugada, independientemente de la hora a la que lo compres). Este billete me parece que nos costó unos siete euros… algo menos, creo.

Nuestro primer destino del día era Potsdamer Platz, ahí se encontraba el Sony Center, un centro comercial que contiene cines, teatro, un Legoland, un hotel… todo muy bonito, la cúpula, las luces, la fuente… súper-mega-guay, pero nosotros queríamos ver otro tipo de cosas. Cruzamos Potsdamer Platz para llegar a otra plaza, Leipziger Platz, donde había un trozo mierder del Muro de Berlín donde la gente pegaba chicles y hacía muchas fotos, como Rudolf, que como veis en la foto tenía cara mustio.

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A nuestra siguiente visita llegaríamos andandito, que no estaba muy lejos. Se trataba del bunker del señor ese del bigote que “la lio to parda”, que si gaseando judíos, que si provocando una guerrita… pues en el bunker ese se escondería los últimos días de su existencia, pero ¿Qué bunker? Ahí no había nada, solo un descampado asqueroso lleno de cacas de perro ¡Vaya timo! Nosotros queríamos ver una súper estructura altamente cualificada para soportar hasta la bomba de King África, pero nada, no había bunker, algún listillo se lo había llevado a su casa.

Y de mierdosidad en mierdosidad, a pocos pasos del descampado de Hitler estaba el monumento a las víctimas del holocausto. Se trata de unas estelas de cemento ordenadas formando una cuadrícula perfecta. Hay 2711 lápidas y contienen todos los nombres de las víctimas del holocausto conocidas hasta hoy… es un monumento perfecto para jugar al escondite, animo a todos a ir con sus amigos y echarse una partida a “bandera”, ya verás que diversión cuando venga la policía alemana, que no vas a saber si es un policía o una lápida de esas con lo cuadraos que están… eso sí, te podrás esconder entre los muertos.

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En ese mismo lugar Rudolf se puso a comer y yo aproveché para ir a mear, pero no pude porque el único baño público que había contenía un “pesao” de esos que te piden pasta por soltar el pipí. Nunca entenderé esto ¿Por qué tengo que pagar para mear? Si no quieren que meemos en las calles no seas tan tonto de cobrar en los servicios públicos. Como ya podéis imaginar me fui sin orinar, ya mearía en algún callejón.

Volvimos a pasar por la parte de atrás de la Puerta de Brandeburgo para llegar al Parlamento Alemán (Reichstag), muy chulo, con una fachada vieja, pero en la cima lucía una cúpula de cristal más grande que Falete, donde la gente puede subir y seguir un debate. Nosotros no entramos porque había una cola larguísima, como la de un congoleño, y además había que reservar la entrada.

Bueno, creo que ha llegado la hora de hablar de los “Osos Buddy”. Desde el año 2001 estos osos han invadido la ciudad, te los encuentras por todos lados, de todos los colores, con diseños muy variopintos. Se trata de una escultura bastante horrorosa de un oso que según Wikipedia son “mensajeros de la armonía y de la paz en el mundo”. Hay miles y todos son diferentes. Dan miedo, pero no por su condición de oso, sino por lo feos que son ¿Por qué osos? Pues porque un oso aparece en el escudo oficial de la ciudad de Berlín ¿Por qué os cuento esta castaña? Pues la verdad es que no lo sé, pero si aún no has viajado a Berlín esto te servirá como prevención del asquerOSO cáncer que te va a entrar en los ojos cuando veas estos osos cursis.

¡Anda! Vamos a seguir con el viaje y dejémonos de chorradas:
Después de ver lo molón que era el Reichstag nos encaminamos cuatro o cinco pasos hacia el norte hasta encontrarnos con el río Spree, pues nos habíamos propuesto seguirlo hasta la Isla de los Museos, la misma que visitamos ayer.
La verdad es que estábamos cansados, la falta de sueño y la paliza del día anterior nos habían afectado considerablemente, y este paseo a la vera del río que nos mostraba un paisaje bastante rollete nos afectó un poco, pero cuando llegamos a la Isla se nos olvidó todo.

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Este lugar, al disponer de mogollón de museos, estaba repleto de niños que lo visitaban con el colegio. Aquí descubrí que los niños alemanes también chillan y también son malvados, por muy civilizados que nos los quieran presentar.
Los museos con los que nos cruzamos son el Museo Bode, el Museo Nuevo y el Museo Antiguo (citado en el capítulo anterior), pero de todos ellos pasamos de largo porque nuestro objetivo principal era llegar al Museo de Pérgamo con su colección de antigüedades clásicas.
Entramos, vimos los precios y decidimos no pasar… lo sé, somos unos “ratas”, pero es que valía seis euros y no entraba dentro de mi presupuesto. Ahora me arrepiento un poco, pero ¡Bagh! Si se puede ver el interior con Google Street, pincha con el ratón en el nombre del museo y lo verás… ¡Ya para que viajar!

Aún no había comido, no como mi colegui, que había zampado hace horas. Tenía hambre y algo tenía que hacer. Visitaba los puestos de comida rápida con la baba colgando, pero nada me convencía, pues todo era kebab, algo con carne o era caro, así que mi estómago se acabó haciendo a la idea de que tal vez ese lunes no almorzaría.

Rudolf quería visitar no sé qué movidas de “la guarida del oso”, algo que estaba indicado en el mapa turístico que llevábamos. A mí me convencía poco eso, a ver si se iba a tratar de una colección enorme de “Osos Buddy” ¡Qué me rajo los ojos!
Tomamos el metro hasta el lugar y en aquella estación (Jannowitzbrücke) se me volvió a abrir el apetito al encontrar una cafetería/tienda de comida rápida de esas que te sirves tú solito. Me pillé un bocata de queso y una pizza de queso y fuera… hambre matado.
Ahora sí, rumbo a la guarida del oso, que se encontraba bastante escondida: de camino vimos la embajada de China, el museo Märkisches (no sé de qué es, solo puedo decir que había una escultura de un guerrero con armadura en la picha), un trozo de muro con una máquina parlante al lado y una estatua de dos hombres arrimándose cebolleta en un parque (posteriormente todo en fotos). Y en dicho parque, que parecía uno cualquiera, más o menos en el centro del parque había… ¡UN OSO! Pero un oso de verdad, vivo, moviéndose… eso sí, un foso rodeaba su vivienda para que no se “escapara” (o para que no sembrara el caos en la ciudad).

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¡Yo que sé, joder! ¿Cómo voy a saber el porqué de esto? La verdad es que el parque no parecía muy visitado, es más, nosotros éramos los únicos turistas allí (y casi personas). Diré la dirección del lugar, por si a alguien le interesa visitar a Schnute (así se llama el oso): Köllnischer Park, Wallstraße 51, 10179 Berlin.

Seguimos nuestras andanzas algo aturdidos por lo que acabábamos de ver. Ahora nos dirigimos a la Karl-Marx-Alle, un enorme, gigantesco, glorioso bulevar construido por los socialistas en los años de la Berlín dividida.
A cada lado de la avenida los famosos bloques cuadriculados, grises y grandes, a su largo grandes glorietas ajardinadas y al final las Frankfurter tor con una torre a cada lado de la calle (torres gemelas)…. He de confesar que siempre que veo una torre de esta envergadura no puedo evitar pensar en una verga dura.
Este bulevar se construyó con el fin de mostrar al resto del mundo la “prosperidad” de la República Democrática Alemana, creando lujosas viviendas para los trabajadores, abriendo comercios, un hotel, un cine… ¡Ya, claro!

Poco a poco nos fumamos el bulevar enterito y casi llegando a Alexanderpltz giramos a la derecha (hacia el norte) para adentrarnos en el peligroso mundo de Volkspark Friedrichshain, un parque endiablado, pues para subir a la colina más alta del parque tuvimos que seguir unos caminitos a lo caracol cabrón (curioso fue que el camino estuviera lleno de caracoles)… un camino larguísimo a lo tonto, cuando podrían simplificarlo con un camino que lo atraviese, pues tampoco estaba muy empinada la colina.
Pero bueno, seguimos el camino como tontos y así nos pasó, que cuando llegamos a la cima descubrimos que no había nada… se supone que era un bunker ¡Pero qué bunker ni qué ojete! Eso era una chusta grande. Y para colmo empezó a chispear…. Había que bajar de allí cuanto antes.
El parque estaba lleno de monumentos en memoria de los soldados antifascistas de muchos países y cuando bajamos, justo en una de las entradas al parque nos encontramos con el monumento de la Guerra Civil Española, que podéis ver en la fotaca, construida en 1968.

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Lena nos escribió para decirnos que ahora le tocaba a ella cocinar comida de su país para nosotros, pero aún quedaba tiempo hasta la hora de cenar, así que nos colamos en un tranvía berlinés que nos llevaba al Centro mientras pensábamos que íbamos a hacer en el tiempo que nos quedaba.
No tardamos mucho en decidir, iríamos al antiguo aeropuerto de Tempelhof, un aeropuerto convertido recientemente en un parque de ocio y de actividades deportivas. Qué sensación más chachi el caminar por una pista de despegue/aterrizaje y por el contrario ver deslizarse las bicicletas y los monopatines de los hípster alemanes.
Nos fuimos rápido de allí porque empezaba a hacer un frío que rajaba la ropa, llevaba haciéndolo casi todo el día, pero en campo abierto se notaba mucho más.

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Pues nada, como seguía siendo pronto nos metimos en una cervecería a probar material alemán, más aún.
Creo que nos pimplamos dos, pero eran dos consistentes y nos subió un poco-mucho. Recuerdo que una de las birras se me vertió y tuvo que venir a limpiarlo el camarero, que por cierto estaba más mamado que nosotros.
Estuvo bien ese rato, fue tranquilito y necesario, tanto andar y tan poco alcoholizarse… si Merkel levantara la cabeza… pero no puede, le pesa un poco. Ahora a casa ¡A cenar!

Doña Lena nos tenía preparado un chucrut (que para el que no lo sepa es repollo fermentado) con unas buenas salchichas germanas (las mías eran de tofu). Una cena consistente a lo alemán.

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Pues ya está, se acabó el día, mañana nos levantaríamos a las siete para salir volando hacia el aeropuerto (que ironía). Y como parecía que esa noche me tocaría dormir solo en el sofá (guiño-guiño) me arrinconé en posición fetal y cerré los ojitos. Einige fornicate… gute nacht!

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