5. Una sanción y pa’l avión

En pie y con calma. Todo recogidito y colocado, la camiseta-toalla al fondo del macuto, justo debajo de los calzoncillos sucios. Mochilaca en la espalda y dedo corazón siempre levantado, dando los buenos días a Rudolf y así alegrar su cara de empanadilla mañanera.

Este compi mío estaba de los nervios, pues pensaba que llegábamos tarde, que íbamos a perder el vuelo y que nos íbamos a quedar en Berlín para siempre jamás, comiendo chucrut y bailando danzas tirolesas al ritmo de las jarras cerveceras brindando.
Yo por mi parte gozaba de total tranquilidad, pues mi actitud relajada propia de un habitante del Mediterráneo me lo permitía. Tan sobrado de tiempo pensaba que íbamos que paré un momento a comprarme un último bollito en la panadería, mientras Rudolf me taladraba el oído con frases sin sentido y sin puntos ni comas… era algo así como: “¡Jodervengatúquenollegamosjodidocabrón! ¡¡¡NosvamosaquedaraquíymevoyaperderelpenúltimocapítulodeHoradeAventuras!!!

En realidad llegábamos de sobra. Íbamos bien, pero ciertos acontecimientos que leeréis a continuación nos retrasaron enormemente, hasta tal punto que cuando llegamos al aeropuerto alemán nuestras bolingas asomaban por la boca.

Supongo que os imagináis de qué acontecimientos estoy hablando. Pues eso colegas, nos quisimos arriesgar a viajar gratis por última vez, así que pasamos sin pagar el metro.
Todo bien hasta la mitad del trayecto más o menos, cuando dos hombretones uniformados, altos, fuertes y guapetones entraron al vagón y empezaron a pedir billetes. Nuestra coartada era una chorrada, pero teníamos que intentarlo… les dijimos que pensábamos que el billete de un día valía para 24 horas. No sé si coló, pero no se apiadaron de nosotros y nos sacaron del tren para acompañarnos a la máquina de tickets y allí darnos la asquerosa receta de 40 euros.
Nos hablaban en inglés, por lo tanto solo Rudolf podía comunicarse con ellos, y yo mientras asentía y ponía cara de mongolo, para darles pena, pero estos seres no tienen sentimientos y se mostraron firmes y antisemi…llas, creo que no les gustaban las semillas, ellos son más de salchichas.

Mientras nos echaban la bronca un ser italiano se puso a comprar en la máquina de tickets y nos dijo que no la pagásemos, pues aunque llegase la multa a España no iban a tener forma de hacernos pagar. Ahora mismo, casi dos meses después de este incidente, os digo que me llegó una carta en alemán. La multa, que en principio era de 40 euros (Rudolf la pagó) se había convertido en una de 60 y yo sigo firme, haciendo caso a ese tal “italiano” y a “Yahoo Respuestas”, no voy a pagar la multa y punto.

Por fin se marcharon y nos soltaron ahí, en esa estación llena de gente. Ya habíamos perdido uno o dos trenes y los nervios de Rudolf aumentaron a nivel siete. Él se compró un billete, pero yo pasé completamente, me la jugué por segunda vez, y esto hizo que estuviera el resto del recorrido mirando para todos lados.

Llegamos a la parada del aeropuerto y empezamos a correr como gacelas asustadas por tu cara de guepardo, pero no éramos los únicos, había más madrileños por el mundo que parecía que perdían el vuelo. Llegábamos diez minutos tarde desde que habían abierto la puerta de embarque, supuestamente.
El control fue desesperante, había mucha cola porque solo había una cinta abierta y comenzamos a pedir a los que estaban delante que nos colasen… Rudolf en inglés y yo en un idioma inventado que más que palabras son balbuceos y gestos amorfos, pero funcionaba, me iban colando poco a poco. Y justo cuando nos quedaba poco para llegar al arco se nos colaron unas viejas en silla de ruedas que tenían prioridad… ¡Me cago tres veces en esas viejas paralíticas! ¡Qué inoportunas!
Rudolf entró primero (el cabrón ni me esperaba, se la sudaba si yo me quedaba allí), pero el guardia le dijo que había sido seleccionado aleatoriamente para un control (en otro momento hablaremos de estos dudosos controles “aleatorios”). Entonces mi amiguete me miró con cara de corderillo, como diciéndome “no me dejes solo… no te vayas”… como si yo fuese como él.
Bueno, pues resulta que aún estaba la puerta de embarque cerrada y había una cola enorme, pero aun así no fuimos los últimos de la fila, o sea que tanta angustia para nada.

¡A tomar por el ojo de abajo Berlín! No tengo nada más que contar de este viaje, así que si quieres más te vas a otro blog, que los hay a puñaos y mil veces mejor ¡Parguelas! Qué eres un parguelas!

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