3. MUCHEDUMBRE

Hay tanto que contar en este apartado que me hubiese gustado apartarlo, pero es un tema obligatorio e interesante. Tanta gente, tantas religiones, tantas castas, tantas culturas, tantas tradiciones, tantos comportamientos… no sé si podré dar abasto, pero te juro por Hánuman que lo intentaré.
Por supuesto procuraré abarcar todos los detalles que definen a estos seres mágicos que te pueden caer bien u odiar hasta la muerte, pero eso depende de ti, pues en un viaje así tienes que tener en cuenta que los raros no son ellos, aunque te cueste entenderlo ¡Tú eres el extraterrestre!

Primero generalizaré un poco, aunque sobre todo me ceñiré a la persona del norte, pues es lo que yo vi y viví, por lo tanto si tú has visitado el estado de Tamil Nadu (al sur de la India) y esta descripción no se ajusta a lo que has visto, espero que no me juzgues mucho y que entiendas que la diferencia del norte con el sur, el oeste con el este, el centro con el pa’ dentro… puede ser abismal.

El indio es (prepárate porque a partir de ahora puedes leer cualquier cosa) bueno y malo a la vez, algunos son más buenos que malos y otros más perversos que honrados, pero todos tienen alas de ángel y cuernos de demonio, y lo puedes ver… En realidad estoy mintiendo un poco, pues el indio malo no es tan malo, solo que tiene un especial interés en tu dinero y tal vez eso te haga odiarlo, pero es algo con lo que puedes jugar y hasta divertirte, pues su lado bueno le impedirá por completo hacerte daño (o el karma le perseguirá).
Y si quieres conocer a los indios buenos (¿Cómo no vas a querer?) solo tienes que salir corriendo de las zonas turísticas y adentrarte en el fantástico mundo de la verdadera India. Parte de esa gente es la misma que la anterior, solo que ha cambiado el chip, ahí no es un comerciante sino un padre de familia (y digo padre porque las mujeres no suelen ocuparse de los negocios), también veremos mujeres limpiando sus casas que sonríen cuando las amenazas con una cámara de fotos, o niños y niñas jugando al escondite, al criquet o a cualquier juego desconocido para nosotros, lo que es seguro es que no te los encontrarás jugando a la consola. Estos niños y niñas se alegrarán de verte, seguramente serás lo más interesante que ha pasado por su callejuela y algunos (no es lo normal) se acercarán con una sonrisa para pedirte unas rupias y así comprobar lo que dicen los adultos de los occidentales, que sueltan la pasta muy fácilmente. Esto es algo bastante desagradable, personajillos tan pronto corrompidos. Nunca les des dinero a los pequeños o tanto ellos como sus padres empezarán a pensar que el colegio no vale la pena y que es mejor poner cara de pobre y hacerse el tullido.
Bueno, me estoy enrollando, este tema lo hablaré en otro capítulo. A lo que iba: hay gente no relacionada con el turismo o la mendicidad que te puede ayudar desinteresadamente cuando le preguntes por alguna dirección o que incluso te pregunte cosas sobre ti y tu planeta, porque te recuerdo otra vez que ahí eres un extraterrestre.

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Las preguntas que te harán sobre tu vida podrían ser consideradas como indiscretas, pero no te ofendas, el indio es tan curioso y cotilla que estas preguntas son totalmente normales para ellos. Preguntas que nos hicieron -¿Tienes novia? ¿Y por qué? ¿Cuántos años tienes? ¿Qué tienes ahí? ¿Cuánto tiempo llevas dejándote esa barba? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Por qué me ignoras? ¿Vives solo o con tus padres?- Tómate estas preguntas con humor y contraataca con tus preguntas impertinentes, puede ser muy divertido.
Como digo, este ciudadano es cotilla a más no poder y por ejemplo, cuando estés en mitad de la calle hablando con algún nativo pronto te darás cuenta que alrededor vuestra se ha creado un anillo de espectadores poniendo la oreja para saber de qué habláis, esto puede ser curioso y gracioso, a la vez que incómodo.

El habitante de la India y especialmente el hindú suele ser vegetariano, no come ni pollo, aunque en las ciudades costeras sí que pueden añadir pescados a sus dietas. Y hablando de dietas, no sé si tendrá algo que ver, pero hay poquitos gordos por esta zona, gran cantidad está en los huesos (dime tú porque) y otra gran parte es de cuerpo sano. Pocos fanegas y pocos musculitos nos encontramos (pero alguno hay por ahí suelto que dice ¡Ay!).
Bajitos, por lo general tienen una estatura menuda que no pasará desapercibida, y cuando te encuentras a uno tan alto como tú dirás “¡Ala! ¡Qué grandote es este!”
Además de flacuchos y menguados son tope “morenasos”, algunos tanto que dejan de ser “morenasos” para ser “negros-negros”, pero tan negros como los congoleños, eso sí, con cara de indios, inconfundibles. Los indios blancos deben de estar en peligro de extinción como el tigre de bengala, pues no vimos.

Las castas. Nuestros ojos apenas vieron discriminación, salvo una vez, uno de los primeros días en un pueblo lejano a cualquier ciudad, cuando un indio empujó a otro que estaba sentado en un banco (además era un anciano) para que nos sentásemos nosotros. Fue algo tan inesperado e increíble que no supimos cómo reaccionar. Lógicamente no nos sentamos en su lugar, pero tampoco entendíamos por qué había ocurrido tal cosa. Luego relacionamos lo sucedido con el sistema de castas, pero no se nos quitó la cara de asombro, pues pensábamos equivocadamente que la discriminación estaba abolida (En realidad está prohibida, pero solo en la teoría).
Como he dicho, solo lo vimos una vez, pero bastó para darse cuenta de que el sistema de castas sigue presente en las vidas de esta sociedad. Tú no lo sueles ver, es casi invisible a nuestros ojos, sin embargo ellos lo tienen presente en todo momento, por ejemplo, está mal visto que una persona se case con otra de una casta diferente (está permitido, pero a nadie se le ocurre hacerlo). Otro ejemplo es el tema de los “intocables”, hoy en día llamados “dalit”, en los pueblos recorren muchos kilómetros para conseguir agua porque las demás castas no les dejan utilizar este bien de la misma fuente, y esto sí está prohibido y aun así sigue pasando.

Hombres y mujeres. Con todos los sentidos de tu cuerpo y con otros más puedes notar la sociedad patriarcal que se vive en la India. Aquí la mujer puede decir perfectamente esa frase de “¿Te casaste? ¡La cagaste!”, porque es así, al menos desde nuestros ojos. Pero vamos, que en España hace sesenta años era totalmente idéntico. El hombre toma todas las decisiones, aunque siempre pedirá consejo a la mujer.
La mujer le da a las tareas del hogar más que el hombre, que suele preferir los trabajos fuera de casa, aunque eso no quiere decir que no te puedas encontrar a un machorro limpiando el suelo de su casa (arrodillado y con la mano, porque la fregona no les gusta mucho) o a una hembrosa con uniforme de policía. Lo que nunca te encontrarás es a una mujer al volante en los transportes públicos… Yo conté en este viaje veinticuatro millones trescientos cuarenta y ocho mil doscientos cincuenta y cinco tuk-tuk y ninguno estaba pilotado por una mujer.

Hablar de los atavíos puede ser también complicado, pues varían enormemente según la casta, religión, lugar… así que vamos a hablar de los más populares:

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La mujer aparecerá ante nuestros ojos en el mayor de los casos con un hermosísimo sari, que es un trozo grandote de tela, más o menos cinco metros de largo por uno de ancho, y según el lugar donde viva esta señora o señorita su sari se mostrará de un color u otro, pero casi siempre es de un tono vivo y llamativo. También difiere el material del que está hecho y la forma de ponerse.
Otra vestimenta que crece poco a poco es salwar kameez. Se trata de dos prendas, el pantalón (salwar) y la camisa (kameez). Es un ropaje mixto en muchos países musulmanes de Asia, pero en la India es utilizado sobre todo por las mujeres. A esta vestimenta, en España, la podríamos llamar fácilmente “pijama con colores guays”, porque eso es lo que es.
Y si a toda esta elegancia le colocas en la frente de la señora un punto rojo, naranja, amarillo o como te plazca, pues ya tienes una triunfadora india en lo que al estilo se refiere. Muy guapas todas, hay que decirlo.
En las ciudades ya podemos encontrar a las muchachas con pantalones vaqueros (siempre largos), camisetas de manga corta y esas ropas más de occidente.

A los hombres de los pueblos los podemos ver pasear con su rebaño con un elegante dhotis, o si es algo más joven pues con una kurta (unisex), se llevará a las chicuelas con un simple guiñe de ojos. Eso sí, las kurtas nunca podrán competir con los maravillosos lungis que, aunque no los ves con frecuencia son el sueño de cualquier pueblerino, al igual que el famoso turbante.
Los de la “city” nos copian, ya pasan de dhotis, kurtas y lungis de esos, ahora todos llevan camisa y vaqueros. Estos últimos siempre largos, aunque la humedad y el calor deterioren a la persona, pero hay que tener en cuenta que los pantalones cortos son señal de baja casta.
Último detalle sobre la elegancia del hombre… ¡El bigote! Diría que el ochenta por ciento de los indios poseen un imponente mostacho comparable a la selva amazónica en cuanto a su frondosidad, e incluyo a los jóvenes dieciochoañeros en este 80% (el otro 20% me atrevería a decir que son imberbes).

19En esta foto podéis observar con detalle los ropajes de los más modernillos, la sombra bigotuda que ya empieza a florecer en sus jóvenes caras y la minúscula, pero disimulada altura.

¿Qué hacen con su vida? En este país hay tantas cosas que hacer que los indios no paran de moverse y de trabajar. Que si la obra, que si el comercio, que si… ¡Mentira vacuna! Quizá sea demasiado feo llamarlos “vagos”, así que lo dejaré en “relajados”.

Es típico de un paisaje indio, da igual si rural o urbano, ver a varias personas sentadas, tumbadas, durmiendo, apoyados en alguna pared o columna… Es típico ver al indio haciendo “nada” ¿Por qué? Inexplicable. Cierto es que por culpa de ese calor y aquella humedad el ser humano se debilita y aumentan los descansos y, si a eso le añades una actitud tranquila y relajada como la india pues te puedes encontrar con esto: un porcentaje de indios tirados en las calles, tocándose los pies.
Difícil olvidar aquella anécdota que vivimos relacionada con este tema, pues resulta que fuimos a comprar “da igual qué” a una taquilla de ventanilla y el comerciante que nos debía atender se encontraba durmiendo, tumbado en su cubículo ¡Ni en Sevilla ocurren estas cosas!

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Supersticiones. A un pueblo tan religioso siempre hay que sumarle un sinfín de supersticiones que consigan asombrar a cualquier viajero. Por ejemplo, te vas a encontrar muchos niños con el borde de los ojos pintados de negro, esto es estética simplemente, pero también se le pinta una mancha en la cara, y esto es para ahuyentar a los espíritus malignos, pues resulta que halagar a un crío por su belleza puede traerle mala suerte… Por lo tanto, no vayas por ahí apreciando a los niños indios, que si no su madre te va a propinar doble hostia, una por el mal de ojo y otra por enfermo.

Otra cosa que nos llamó la atención: las guindillas colganderas que colocaban en las puertas de los comercios y los zapatos que colocan los camioneros bajo el parachoques (¡Madre mía los camiones! Parecen árboles de navidad gigantes de tantas luces que llevan). Las dos ahuyentan a la mala suerte.
Y esta mala suerte la obtendrá un comerciante cuando deje escapar a su primer cliente del día sin comprar nada, y eso quiere decir que hará lo que sea para que esta primera persona que ha llegado a su tienda se lleve algo, aunque tenga que presentarle una oferta descabellada. Así que ya sabéis, si queréis comprar todavía más barato tendréis que madrugar para pasaros por los comercios.

Más cosas. Salir de casa y encontrarse así de repente un elefante, fruta, plata o vacas es sinónimo de buena suerte, pero cuidado si lo que ves al salir de casa es una viuda, un loco o un cadáver, pues tu día será una mierda, y son tres cosas que no son muy difíciles de ver en la India.


C. HIERVE LA FIEBRE

No hizo falta que el gallo de cualquier móvil retumbara entre las dunas, pues la luz ya se encargó de abrir los ojos a los seis perezosos del desierto. Las seis y cuarto podían ser cuando de uno en uno se fueron levantando para descargar la primera orina del día mientras “el señor guía” observaba todo desde su carroza. Estaba esperando el “ok” de los extranjeros para empezar a retirar las mantas y camas, y cuando por fin se le dio el permiso no tardó más de cinco minutos en hacerlo.

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Ya el dromedario tiraba del carro mientras los seis europeos intercambiaban las experiencias de su noche. Un inglés había pasado frío, la chica había soñado con un café de verdad, como el que prepara en su casa. El Moños se había despertado muchas veces por culpa de un extraño ruido amenazador que resultó ser el camello comiendo, y David había sido víctima de unas feas picaduras en la pierna derecha que eran preocupantes. A pesar de todo, estaban contentos y bromeando de estas cosas mientras oían cantar al pavo real que les daba los buenos días y la bienvenida al patio interior del hostal. En este lugar esperaba el carismático chófer de los españoles, siempre rodeado de conversaciones y mucha prisa.

Un desayuno inglés les sacó a cada uno la última sonrisa en el desierto, pues finalizado este no hubo tiempo ni de evacuar los intestinos. Apenas se despidieron de los dos londinenses que partieron incluso antes, pero sin comerlo ni beberlo ya estaban metidos en el cuidado coche de Kamal, rumbo Jodhpur, la ciudad azul. Tiempo estimado, cinco horas.

Bueno, al final fue algo más de lo previsto y el hambre se apoderó de Andersen, el copiloto en ese momento, y eso produjo graciosas e inteligibles conversaciones con el chófer, pues este no quería parar a comer hasta que el coche no estuviese aparcado enfrente del nuevo hotel. Andersen se desesperó sobremanera por culpa del hambre que le producía temblores, babeos y alucinaciones. Los otros tres españoles solo podían reír ante esta inédita actuación de su compañero.

Las tres de la tarde ya se habían quedado atrás cuando llegaron a un hotel que parecía de alta calidad. Andersen, con su peculiar cabreo y Pamela, que eran los que sacaban más nota en las clases de inglés, fueron los encargados de meterse en este hotel para ver y negociar el precio. Mientras tanto el Moños y David esperaban cerca del coche con pocas esperanzas, pues ese era el tercer hostal que visitaban en Jodhpur y sin éxito en ninguno de los dos anteriores, que tenían mucha peor pinta, pero para sorpresa de estos, Pamela y Andersen salieron victoriosos de la negociación. Mil rupias por noche entre los cuatro, lo más barato hasta el momento, y la habitación también era la mejor que habían visitado en la India. Todos salieron contentos… Bueno, todos no, Kamal no estaba del todo feliz, tal vez porque ese hotel no le proporcionaba una comisión, o porque la habitación que le ofrecieron no era del todo cómoda. Nunca se sabrá, pero lo que es seguro es que en ese momento comenzó un “mal rollo” entre los españoles y su chófer.

El hambre les rajaba la vida, así que no perdieron más el tiempo y en el propio restaurante del hotel se comieron un thali cada uno de esos que tanto empezaban a aborrecer, aunque en esa ocasión fue música para sus estómagos.
Eran más de las cinco y en poco tiempo les visitaría la noche en Jodhpur. La ciudad también se encuentra en el extenso desierto del Thar y como ya se citó anteriormente se la conoce como la ciudad azul de Rajastán por el color de sus casas que iluminan los ojos de la hermosura. En esta ciudad predomina la fabricación y comercialización de especias ¡Rico, rico! De todos los aromas y colores, explosivas y bailongas, pero siempre sorprendentes para el gusto y el olfato.

Lo primero que hicieron los españoles fue visitar lo que más cerca les quedaba, pues justo en la puerta del hotel se abría un agujero al infierno. Se trataba de un ancho y profundo pozo rodeado de unos bloques escalonados verdes del resbaladizo moho que ofrecían. De entre los bloques de las paredes y escaleras de piedra salía agua que ni yo ni nuestros protagonistas podríamos decir con certeza de donde viene. Cierto es que el olor y el color no era muy agradable ¿Tendría algo que ver con el alcantarillado? ¡Yo qué sé compi! La movida es que según el chófer de nuestros protagonistas este taladro en la tierra tenía varios siglos vividos ¡Toma ya!

Después de visitar este lugar tan impresionante a la par que extraño caminaron hasta la plaza principal de Jodhpur, donde gobierna la Torre del reloj de Rajastán (Ghanta Ghar), y a cada lado de la plaza solo se pueden ver tiendas y puestos comerciales. En esta plaza abundan los turistas y por lo tanto abundan los “tocaconguitos”, que buscan a estos viajeros para intentar vender hasta la caca de la vaca más vieja. Tanto es así que los cuatro acabaron sentados en una tienda mientras los expertos vendedores desplegaban sus telas… No compraron nada, por los altos precios y por el poco interés que tenían en aquellos artíCULOS, pero dejaron escapar la luz que les quedaba, y la noche transformó la ciudad en un lugar algo más hostil, donde los críos se acercaban demasiado a los bolsillos ajenos y los barberos-chamanes te maldecían si te veían con la chorra fuera.

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Entrando en el hotel se toparon de frente con Kamal, que tenía una proposición, -visitar al día siguiente el Fuerte y salir pitando a otra ciudad-. Esto es algo que no gustó mucho a los viajeros, no solo porque se había estipulado dos noches en Jodhpur sino porque, por alguna razón, el conductor de los chicos quería decidir sobre ellos, y eso no podía ser de ninguna manguera… Digo manera.
Bueno, la respuesta quedó en el aire y los muchachos subieron a su habitación para meditar sobre ello. Mientras lo hacían pudieron tender sus ropajes, leer, ducharse y hasta cagar líquido, pues no tenían sus estómagos pa farolillos. Hay que mencionar que las picaduras que sufrió David en el desierto habían empeorado considerablemente y ahora parecían pelotas de golf, pero nada, un poco de “after bite” y a ver mañana que tal.
Finalmente decidieron hacer caso a Kamal, pues no había mucho más que vivir en aquella ciudad salvo en su Fuerte. Alarma a las ocho y media y aire acondicionado a todo trapo para echarse a mimir.

La noche fue chunga, se oían ladridos y fuertes golpes en la pared y, cuando conseguían dormir, unos extraños sueños les perturbaban, pues un perro gris siempre estaba presente.
Por fin sonó la alarma y les costó enderezarse por motivo del cansancio que seguían teniendo, hasta que se dieron cuenta de que uno de ellos faltaba en la habitación. Andersen no estaba, así que comenzaron a buscarle por toda la room, como por debajo de la cama, en los cajones, encima del ventilador… Hasta que a Pamela se le ocurrió mirar en el baño y ¡Tachaaán! Ahí estaba sentadito en el retrete, pálido y temblando. Sus únicas palabras fueron –¡No me miréis! ¡Fuera! ¡Fueeeera!-. Y eso hicieron sus amigos, recogieron todo y se bajaron a recepción con los macutos en la espalda para esperar a Andersen.
Estaba claro que este chico es el que lo había pasado peor esa noche. Parecía enfermito y desprotegidito. Algo del día anterior le habría atacado ¿Pero el qué? ¿El agua? ¿Las vacas? ¿La suciedad de la calle? ¿El pozo interminable?… Ya daba igual, cagaba en estado líquido dejando caras de Bélmez en la cerámica blanca del WC.

Sus colegas esperaban y esperaban, y a esta espera se añadió Kamal, que se impacientaba cada vez más, hasta que el Moños vio algo justo en la parte de fuera de la entrada al hotel, algo que cambió el destino de los aventureros… Se trataba ni más ni menos que del perro gris, el mismo con el que habían soñado ¡Fli-Pas!
Este avistamiento les causó un presentimiento muy raruno, así que subieron de nuevo a la habitación para volver a analizar el estado de Andersen (el conductor incluido) y se sorprendieron sobremanera al encontrarse a este mucho peor que antes, tirado en la cama con una toalla en el gepeto y casi sin poder decir nada, o al menos las únicas palabras que soltaba eran “mamita”, “paracetamol” y “cabrones”.
Claro estaba que no podían irse de allí todavía, algo que hasta Kamal comprendió, por lo tanto volvieron a subir los macutos y solo quedaba esperar a que el mayor de los cuatro amigos mejorase.

23

Los tres que quedaban más vivos que muertos decidieron turnarse para estar con el enfermo. Uno le cuidaba y dos se piraban de farra y a comerse las calles de Jodhpur, pero no literalmente, que si no pillas una hostia más tocha que la de Andersen, que en las calles de la India no existe Don Limpio.
Bueno, el que se quedaba con el hombre jodido solo tenía que mojarle una toalla de vez en cuando para colocársela en la cara y decirle que se le veía mejor, que estaba mejorando, aunque claramente era una falacia. Y los que se piraban trataban de filmar el mundo indio y de perseguir a las ardillas, que son unas cachondas.
En fin, así pasaron la mañana entera… Ni siquiera comieron, no había hambre, y menos Andersen, pues decía que el pensar en papeo le provocaba arcadas horrorosas.

Llegó la tarde y cierto es que el enfermo mejoró, tanto es así que ya se sentía con fuerzas para salir a visitar el fuerte, aunque tendrían que subir andando, ya que Kamal se negó a llevarles en coche, pues decía que estaba demasiado cerca (cierto, pero había uno de los chicos al que le costaba mantenerse en pie). Pues eso, subieron las cuestas y los mil y un escalones para plantarse en la puerta del fuerte de Mehrangarh, donde había que pasar un arco y un cacheo y después pagar una entrada de unos siete eurazos que nuestros protagonistas no pagaron ni locos. Demasiado para el lugar del mundo donde estaban, sobre todo si a los nativos esa misma entrada les cuesta menos de un euro.
Pero no estaba todo perdido, pues se encontraron con los dos ingleses del desierto y estos les dieron esperanzas: –Una segunda puerta, una puerta más os encontraréis rodeando la muralla, es gratuita e igual de bonita ¡Vamos! ¡No os demoréis! ¡Seguid a los perros!– Todo esto lo dijeron en inglés, claro, por eso son ingleses, pero como Pamela pilota en este idioma pues pudo entenderles y así acrecentaron nuestras esperanzas de entrar al fuerte.

Rodeando el fuerte había que subir y bajar cuestas a cada rato y el calor inhumano secaba las entrañas de los españoles, pero Andersen se comportó como un caballero y no rechistó en ninguna ocasión, a pesar de que su cara se pareciese a la del “Grito” de Munch.
Caminaban por las sucísimas y estrechas callejuelas azules de Jodhpur conociendo a sus habitantes cuando preguntaban por la “Second Gate”, y todas las respuestas idénticas, señalaban a la montaña y decían que siguiesen a los perros, y eso ocurrió cuando llegaron a la ladera rocosa, topándose con el perro gris de los sueños.
Claro que tenían miedo, el perro con el que habían soñado todos menos Andersen (más que nada porque se había pasado la noche sentado en el retrete) estaba ahí, delante de sus narices, escalando por un sendero de roca roja junto a sus perros secuaces, como queriendo mostrarles el camino a la entrada secreta. Había algo en el interior de estos chicos que les incitaba a seguir a estos animales, y así fue.

24

La cuesta arriba era escarpada y peligrosa, pero dejaba hermosas vistas de la ciudad azul que no dudaron en retratar, a pesar de que el perro gris no les esperaba. Finalmente llegaron a lo más alto, donde podían tocar la muralla colorada. El perro les llevó por un sendero que terminaba en una verja y al otro lado de esta había un templo. Los jóvenes se decidieron a entrar, se quitaron el calzado y justo cuando abrieron la verja apareció un anciano de dentro que les detuvo. Saludó al perro y le dejó entrar, pero a ellos no, y les dijo que la puerta que estaban buscando para adentrarse en el fuerte se encontraba siguiendo otro senderillo aún más pequeño que los españoles no habían visto con anterioridad, como si hubiese aparecido de la nada.
Una media hora estuvieron caminando por esta nueva vereda mucho más silvestre que las anteriores, repleta de mosquitos, serpientes, ratas y botellas de Cola-Coca. Todo tenían que esquivarlo, hasta que por fin llegaron a… la misma entrada del principio, pero por la parte en la que ya habías pasado el control, por lo tanto, gracias a ese camino clandestino el control de seguridad no tenía mucho sentido, al igual que el viaje de estos chicos por la ladera de la colina buscando otra puerta que parecía que no existía. Como puede imaginar el que lee esto, no consiguieron entrar al fuerte y se marcharon deshidratados a comprar ciento cuarenta y tres botellas de agua.

Nada más llegar al hotel Andersen subió a toda prisa para encerrarse en el lavabo, pues el virus no le daba tregua. En cuanto terminó salieron hacia el mercado… Pamela quería comprar todo lo que le cupiese en sus bolsillos y en los macutos de sus compañeros. A esta excursión les acompañó Kamal, que debió de sentirse mal por haberles dejado solos ante el perro “troll”, sobre todo al enfermo, aunque Andersen ya se sentía mejor, se le notaba en los mofletes.
En este paseo pudieron adquirir especias, tabaco, telas… Regateando hasta la rupia más fea y haciéndose los duros en todo momento.

Pamela no se cansaba de mirar, regatear, comprar, entablar la misma conversación otra vez, rascar precios, decir que no, cabrearse y todas esas cosas que supone el salir a comprar a un mercado de estos países, así que se quedó allí comprando acompañado del Moños mientras Andersen y David se escaparon para revolotear por otros lados, que básicamente fue ir al hotel y estar allí, aunque más concretamente en el caso de Andersen fue sentarse de nuevo en el retrete.

Cuando se volvieron a juntar los cuatro marcharon a cenar a un restaurante que les había prometido un plato de thali por ochenta rupias cada uno, eso sí, Andersen tuvo que conformarse con un plato de arroz blanco y miserable, pues quien se pone malo ajos come arroz come.
Terminada la cena no había otra cosa que hacer salvo dormir, dormir y dormir, que al día siguiente había que marcharse de aquella ciudad azul en medio del desierto. Ya ninguno podía permitirse enfermar. Y hablando de enfermedades, las picaduras de David seguían empeorando, ahora parecían pelotas de golf coloradas, más rojas que los colmillos de Drácula, pero nada, “after bite”, y a ver qué pasa mañana.

Al día siguiente Andersen seguía pachuchóped cuando se levantaron, pero nada que ver con la fiebre loca del día anterior, aquello fue una locura. Ahora, aunque seguía con la tubería suelta, podía andar, sonreír y bromear del asunto.

El caso es que a las nueve habían quedado con el conductor para dejar atrás Jodhpur, y así fue, salieron contentos y cantarines del lugar, desayunados y todo (menos Andersen, él solo se alimentaba de arroz y soda con limón) y el viaje no se hizo muy largo. Poco a poco fueron dejando los paisajes desérticos, los dromedarios y la tierra roja para ir viendo como las nubes invadían el firmamento. Por las ventanillas del coche podían contemplar la metamorfosis, ahora todo era más verde y montañoso, incluso les sorprendió al cruzarse con una señal de tráfico que indicaba peligro por ausencia de grandes felinos sueltos… Increíble como en pocos kilómetros cambiaba totalmente el paisaje.

Ranakpur fue el siguiente destino, tres horas de viaje, bastante corto para lo que estaban acostumbrados ¿Qué encontraron en este lugar? Ranakpur no es ni ciudad, ni pueblo, sino un lugar donde se concentran varios templos jainas de los cuales hay uno de mármol la mar de espectacular, grande, blanco y bonito.
Para entrar había que pagar doscientas rupias y nuestros protagonistas estaban dispuesto a hacerlo, pero no en pagar un tanto más por meter cualquier tipo de artilugio fotográfico, así que dejaron sus móviles y cámaras en el coche y compraron las entradas que venían con audio-guía.
Ya estaban preparados para entrar cuando se puso a llover… ¡Qué digo llover! ¡Diluviar! Menuda tromba de agua, parecía que por fin había llegado el monzón. Esperaron un poco bajo un techado, pero como no paraba y tenían un tiempo específico que Kamal había marcado, tuvieron que correr para meterse en el templo, no sin antes ser cacheados por los guardias, eso siempre.

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El templo por dentro también era genial, las columnas, las paredes, el techo, todo de mármol y todo tallado, mogollón de esculturas y grandes espacios abiertos que asomaban a la frondosa jungla. Podría recordar a los paisajes que pintó Disney en algunas escenas de “El libro de la selva”. Estos españoles no pudieron fotografiar el templo por dentro, pero seguramente en las imágenes de Google habrá muchas, para que te hagas una idea de cómo era eso.

El tiempo se acabó rápido, o mejor dicho, se les pasó rápido. Salieron y parece ser que el cielo no había cambiado, las nubes seguían regando Ranakpur. Los españoles cogieron sus sandalias, dejaron los audio-guías y se metieron en el coche en un abrir y cerrar de piernas, y aun así llegaron empapados, calados, mojados, bañados, meados, chorreantes… Me da igual, cualquiera me vale. Kamal, que había estado todo el rato en el coche, solo podía mofarse, aunque en realidad le preocupaba que por culpa del agua que traían sus clientes se deteriorase el vehículo.
En fin, arrancó y se adentraron en un camino rural bastante perturbador. No solo porque estaba lloviendo, también porque era muy estrecha y a un lado saludaba un terraplén. A parte, el señor conductor les había dicho a los chicos que en esa zona podía haber asaltos al coche por parte de tribus con arcos. Esto es difícil de creer, pero los españoles prefirieron poner el seguro de las puertas del auto, no vaya a ser que…

No quiero alargarme mucho con esto que se me está haciendo muy largo esta etapa triple, así que aligeraré un poco la narración.

En este trayecto ocurrieron dos cosas dignas de mención. La primera es que vieron por primera vez en el viaje a un mono, apoyado en un pivote al lado de la carretera. Y la segunda es que hicieron solo una parada, para comer ¿Adivináis qué? Pues sí, otro thali, aunque Andersen se libró por su jaleo estomacal… Ya sabéis, un arroz blanco y una soda con limón.

Nada más, en dos horas llegaron a Udaipur, serían cerca de las seis.

De esta ciudad hablaré en el próximo capítulo, pues ya os he comentado que se está haciendo muy largo esto, y si sigo poniendo escusas seguramente se haga más largo, por lo tanto voy al ano… Digo al grano.
Kamal, como de costumbre, los llevó a un hotel más caro de lo que ellos habían presupuestado, así que decidieron buscar por su cuenta, andando y enfadados con el chófer, que parecía no querer hacer caso a los españoles.
A pocos metros del hotel carete encontraron otro muy barato y de buena calidad. Ahí se quedaron a pesar de la oposición de Kamal y esto ensanchó la enemistad entre él y los jóvenes turistas, que ya estaban hasta las peloteras del conductor.

Algo emocionó a los chicos… Los monos. Decenas de ellos podían verse tras la ventana del hotel, y al fondo el lago Pichola. Bonita ciudad, pero ya hablaré de ella.
Salieron y subieron a la azotea de un templo para ver al sol marcharse tras las montañas. Ya era de noche, solo quedaba pasear por sus estrechas calles repletas de motos, vacas y turistas antes de sentarse en la terraza de un pequeño restaurante para cenar algo que por fin no iba a ser thali. Habían redescubierto la comida continental: hamburguesas vegetarianas, pizzas vegetarianas, pasta, chocolate… Menos Andersen, pues ya sabéis, arroz blanco y soda con limón.

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Poco más que contar colegas. Volvieron al hotel, lavaron y tendieron sus ropajes, mearon, cagaron y se ducharon y esta etapa se ha acabado, como acaban todas las demás ¡A dormir coño! Pero antes tendré que tranquilizar a la peña: resulta que las picaduras que tenía David en la pierna empezaron a mejorar, así que nada, no se va a morir.

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