El chorro de la desesperación

Nunca imaginó que se alegraría tanto de escuchar el despertador del móvil. Ese mismo sonido que había deteriorado incesantemente las escasas neuronas que le quedaban después de seis años de carrera y posteriormente otros seis meses estudiando todos los dichosos días durante seis horas para dominar a la perfección todos los conocimientos necesarios y así aprobar el examen más complicado e importante de su vida, y conseguir  una buena plaza en el MIR, en la especialidad de urólogo, que es lo que fue su abuelo y lo que continuó siendo su padre, así que por nada del mundo debía fallar en la única oportunidad que tenía, pero eso es algo que no le preocupaba, pues era el chico más inteligente y con mayor nota de su promoción y lo había preparado más que suficiente. Todo estaba en su cabeza, dominado, y era prácticamente imposible fallar aquel examen. Él lo sabía y por ello estaba más que alegre.

No era la única alegría de la mañana que corría por su cabeza, pues tras el examen agarraría la maleta y marcharía bien lejos a ese país exótico, a pasar un mes de merecidas vacaciones con su pareja, amor al que no veía desde hacía meses por culpa de la distancia. Pero tanto sacrificio merecía un buen regalo, y digno de ello era gastarse todos sus ahorros en aquel billete a la felicidad.

Además había dormido genial y se sentía lleno de energía, tal vez por el orgasmo de emociones que se le venía encima o quizás por el buen tiempo que estaba haciendo en pleno invierno, pero el caso es que aquella mañana estaba siendo la mejor de su vida, y todo apuntaba a que lo sería el día y el mes entero.

Se había comprado unos bollos de chocolate que le encantaban para que la mañana fuese aún mejor y devoró el desayuno recordándole viejos tiempos de la niñez, cuando podía comerse un rulo entero de galletas de chocolate sin miedo a engordar o a quedarse sin dientes. Desde que empezó la carrera había sido más precavido, pero claro, un día especial es un día especial, así que comió y comió y terminó lleno, pero feliz… tal era la emoción que no se había percatado de que tenía que orinar, algo que como futuro urólogo debía tenerlo muy presente, así que después de preparar la ropa del día y quitarse el pijama empezó a mear antes de meterse en la ducha, lógicamente.

Cuando tienes muchas ganas de orinar, este ejercicio es muy placentero, pero es cierto que este futuro médico no tenía especiales ganas de mear y con eso de los nervios le costó sacar la micción, pero cuando salió no parecía querer parar, lo que hizo sonreír a nuestro protagonista, que habiendo estudiado tanto del tema sabía que había una gran cantidad de peculiaridades que desconocía, y aún terminado el MIR seguiría siendo un humilde ignorante del cuerpo humano.

El caso es que llevaba ya un minuto y ese chorro no dejaba de salir, cosa que empezaba a preocupar, porque pocos seres conocidos pueden tener una vejiga tan amplia y no parecía ser muy normal, pero claro, cuando ya llevaba dos y tres minutos supo que estaba ante un caso excepcional… y era su propio caso, así que intentó parar la orina como todos lo hemos hecho alguna vez, apretando el esfínter para cortar el conducto, pero no, resultó imposible, cualquier esfuerzo físico para poner fin a aquella meada resultaba inútil.

Estaba perdiendo un tiempo muy valioso y no podía seguir ahí de pie, mirando el chorro amarillento que le desafiaba, así que corriendo se metió en la ducha y descargó el agua, dejando una hilera de orina en el suelo y en la alfombrilla del baño. Cuando finalizó con el lavado corporal y capilar y apagó el agua, él seguía meando y no había parado en ningún momento. Su corazón latía muy rápido de rabia, incomprensión y desesperación.

Se secó en la bañera y se intentó vestir en ese mismo lugar, aunque de cintura para abajo era imposible, pero el tiempo se le venía encima y tenía que intentarlo, y al final, con mucho cuidado consiguió ponerse la ropa interior y los pantalones (con el pene fuera, se entiende), mojando y manchando solo un poco la ropa, nada que no se secase pronto.

Ahora tenía que preparar el material para llevarse al examen y ¿Cómo lo iba a hacer ahí, encerrado en el baño? No era posible, así que fue corriendo a la cocina a buscar una botella donde ir echando el líquido hasta que parase. Consiguió una de plástico de esas de dos litros de un refresco que tenía a medias y mientras buscó y vació la botella había dejado la cocina perdida de pis, pero al menos ahora podía moverse durante cierto tiempo por la casa sin mojar nada.

Después de preparar todo y ver como el tiempo le comía, vació dos botellas más por si tenía que salir corriendo, cosa que acabó pasando. Con una de las botellas sujetada entre su pierna derecha y los pantalones, y la punta de la minga encajada en la boca de la botella salió a toda velocidad hacia el coche, que por suerte lo tenía aparcado a pocos pasos de su portal. Ya en el auto, resguardado de las miradas vecinales esperó a llenar la botella para cambiarla y vaciar la primera, cosa que le costó muchísimo y aún con el mayor cuidado mojó parte de su ropa y del coche.

A duras penas pudo conducir, parándose cada minuto y medio para hacer el cambio, motivo por el que su ira aumentó tanto que acabó conduciendo sin pantalones y mojando gran parte de la cabina de los pedales del coche… Lo dejó todo perdido. Cuando llegó a su destino aparcó bastante apartado de los demás para poder secarse y vestirse con la mayor discreción posible, cosa difícil. Cuando lo consiguió apenas seis ojos habían visto el desastre, haciendo alguna foto con el móvil sin que el perjudicado se pudiera enterar, pues se encontraba muy ocupado.

Su plan para entrar al examen sin que nadie se percatara de su tragedia era inexistente, así que no apuró el tiempo que tenía hasta el inicio para entrar, pues pocas esperanzas había de que finalizase la interminable meada. Entró con una de las botellas recién cambiadas y muchos miraron el bulto que le hacía y, aunque uno de los profesores se percató y llegó a pensar que podría ser algún tipo de artilugio que le ayudase en la realización de la prueba, no tuvo el valor de decirle que se sacase lo que fuese de la entrepierna.

Ya podéis imaginaros el desastre de la escena. Comenzó el examen y en dos minutos ya estaba derramándose la botella, pero no podía cambiarla de ninguna manera, así que siguió haciendo el ejercicio intentando olvidar el problema, aunque cuando tenía un buen charco de orina que iba esparciéndose por gran parte del aula, uno de los profesores se acercó a él y pidió explicaciones y, al mirar a su alrededor vio que todos los compañeros de la periferia cercana se encontraban anonadados, no solo con lo que veían, sino también con el horroroso olor que desprende el desecho líquido.

Nuestro protagonista no aguantó esta humillación y salió corriendo del gigantesco aula mientras gritaba “¡No puedo parar de mear, joder!” y desapareció con los pantalones empapados. La vuelta a casa fue aún más terrible que la ida, pues para entrar al coche se desnudó casi al completo, inundando el vehículo en el trayecto y, del coche a su casa ni siquiera quiso vestirse, alborotando así a algunos vecinos de edad avanzada que le vieron.

Se tumbó en la bañera y se puso a llorar. El cielo se le había caído encima y no veía la manera de volver a poner todo en su sitio. Una injusticia que no se merecía y que había destrozado todos sus sueños y gran parte de su vida. Pero no se quería rendir aún, porque aunque había perdido todas las ganas de viajar, quería solucionar de alguna manera una parte de su horroroso día. Así que, próxima la hora de marchar al aeropuerto, se volvió a duchar para quitarse todo el pis que le recubría y se vistió de la misma manera que por la mañana, y con la maleta en una mano, una botella en la otra y la segunda botella llenándose entre sus piernas salió directo a pedir un taxi.

Lógicamente el taxista se percató de los extraños movimientos que realizaba su cliente cada minuto para cambiar la botella, además del vacío de botella que hacía por la ventana,  pero no quiso preguntar, aunque si lo hubiera hecho no habría recibido ninguna respuesta, o al menos, no una respuesta verídica.

El problema no fue el transporte hasta el aeropuerto. Ni siquiera lo hubiese sido el entrar al avión y sentarse sin que el personal del vuelo se percatara antes de despegar, pero fue imposible pasar el control, como es lógico… Teniendo en cuenta que nadie puede pasar este registro con líquidos. En cuanto vieron su extraño problema le echaron atrás, recomendándole que visitara al médico, y eso le enfureció muchísimo, pues sabía que aquello era un caso excepcional y ningún médico iba a saber lo que le pasaba.

Enrabietado intentó pasar corriendo el arco de seguridad, algo muy insensato, pues enseguida acabó reducido y empapado. Y fue una hora y media después, en los baños del cuartelito de la guardia civil del aeropuerto donde su esfínter se cerró de repente y dejó de caer gota. Después se sacudió la minga y pensó que cuando llegase a casa sería un buen momento para darse un baño… con la tostadora.

chorro

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