La peluquería

Hace dos años que me vine a vivir aquí, al barrio nuevo, y barrio nuevo sigue siendo porque aún no han llegado los grandes supermercados, y de demás comercios anda bastante escaso, pero yo fui lista y nada más comprarme el piso en construcción ya empecé a organizarlo todo para montar mi propio negocio… Mi peluquería. La primera peluquería en el barrio y de momento la única, aunque ya están abriendo una más en los locales nuevos.

Dos años buenos. La peluquería me ha obligado a conocer a casi todos los vecinos del barrio, entablando una buena relación con casi todos y enterándome de cualquier chisme que rondase por sus cabezas. He cortado el pelo al panadero, a la veterinaria, al profesor de mi hijo, a la joven alcaldesa… La verdad es que es un trabajo que me encanta.

A pesar de todo, los beneficios no son muy altos, pues el barrio sigue estando algo vacío por  los altos precios de la vivienda y, sobre todo por las mañanas no suelo tener mucha clientela. Solo algunas personas mayores me visitan a partir de las doce, pero antes de esta hora es raro tener un cabello al que meter mano. Por esto mismo y teniendo en cuenta que yo entro a las diez de la mañana, tengo por costumbre tumbarme en la camilla de lavar el pelo y regalarme una cabezadita hasta que el primer cliente me despierta con el timbre, que instalé precisamente para eso.

El lunes pasado estaba en una de esas siestas matutinas cuando empecé a sentir pasos en el local, sonidos que en un primer momento introduje en mis leves sueños, pero en cuanto mi cabeza asimiló lo que estaba oyendo abrí los ojos asustada. Lo que vi me hizo caer de la camilla y me dejó completamente helada, pero mi cerebro trabajó en la comprensión y empezó a darme explicaciones. Lo que vi fue a una mujer a un metro de mí, mirándome seriamente, pero lo que me dejó blanca fue su aspecto, pues tenía el rostro quemado casi por completo y su ropa también estaba chamuscada… Negra como el ébano y casi a pedazos. Curiosamente tenía pelo, muy poco, pero tenía.

-Lo siento. La puerta estaba abierta. No quería asustarte. –Me dijo pausadamente con su voz gastada.

-¡Oh, perdóname a mí! Estaba soñando y…. Bueno ¿Necesitas ayuda?

-Sí, quiero cortarme el pelo.

Me quedé a cuadros porque sin duda esta mujer parecía sacada de una barbacoa y viendo su aspecto físico e indumentaria me costó asimilar que un corte de pelo fuese importante para ella, pero claro, yo no soy nadie para cuestionar, así que acomodé a la desdichada mujer frente al espejo.

Dejé su cabello bien corto, a un centímetro de su piel, como ella me dijo, y esto fue lo último que salió por su boca, pues al finalizar se marchó sin decir adiós. Previamente la hice saber que no hacía falta que me pagase nada, pues no me llevó ni cinco minutos cortarle las pocas mechas que caían de su cabeza… Ahora ni eso.

Fue raro, pero siempre dentro de una comprensión lógica. Aunque los días que acontecieron se fueron nublando muchísimo más. Eso sí, el miedo que suele acompañar a este tipo de experiencias se me olvidó en alguna parte, porque apenas lo sentí. Os relato lo ocurrido:

Al día siguiente, este martes pasado, antes de echarme a dormir cerré la puerta con llave, no quería que volviese a ocurrir lo mismo o algo peor, porque despertarte de un susto por culpa de un cliente es lo mejor que podría ocurrir. Así que cerré la puerta y me dormí, pero al rato me despertó el timbre y anonadada me quedé al ver en la puerta a la mujer quemada, tan seria como ayer y con toda su indumentaria y, a esto me refiero también a su pelo ¡Su pelo había vuelto a crecer y estaba de la misma medida que el día anterior antes del corte!

Puede que una persona asustada no hubiese abierto la puerta, pero esta mujer, a pesar de su seriedad, me transmitía enorme tranquilidad y tal vez por eso me atreví a abrir y a saludarla de nuevo. Quería cortarse el pelo otra vez.

Intenté investigar un poco e hice varias preguntas mientras realizaba mi trabajo, como si tenía una hermana o si su pelo crecía rápidamente, y en las dos preguntas obtuve un simple “NO” por respuesta. Luego le pregunte si vivía cerca y no me contestó, lo que me hizo parar de preguntar. Después se marchó y aunque no la dije nada del precio no hizo ni el amago en pagarme, pero creo que no me hubiese atrevido a cobrarle nada.

Extraño ¿Verdad? Sí, yo también pensé que se trataba de un fantasma, así que me puse a indagar un poco en el tema y nada descubrí… Antes de las urbanizaciones nuevas había un gran pinar en su lugar y nada de viviendas, por lo tanto me pareció raro al principio, pero claro, luego pensé que ese pequeño bosque urbano había podido arder en alguna etapa pasada… pero no, ninguna noticia de incendios en aquel lugar, según internet.

El miércoles me volvió a despertar y volví a cortarle el pelo. Esta vez tuve valor para preguntarla por sus quemaduras, pero ella en vez de responderme señaló la regleta donde tenía enchufadas las máquinas y me dijo con un tono agitado que sería bueno que desenchufase todo cuando no lo estuviera utilizando. Un consejo que me sorprendió de veras y en el que pude imaginar el miedo que sentía al fuego.

La curiosidad me podía y esa misma tarde me permití el lujo de llamar a mi amiga la alcaldesa para que me informase sobre la reciente historia de la zona, y así pude enterarme que en aquella zona, antes de los planes urbanísticos, existía una comunidad chabolista de gitanos que dieron bastante guerra. Hubo palos, piedras y fuego de por medio para disolver a aquella gente que vivía entre los pinos.

Este jueves la esperé despierta y a la misma hora apareció en la puerta, aprovechando cualquier despiste por mi parte para llamar al timbre y presentarse tras el cristal de la puerta, cual fantasma. Sus cabellos habían vuelto a crecer por arte de magia y había que cumplir sus deseos de nuevo, como cada mañana. En esta ocasión, y sin que yo preguntara nada, volvió a advertirme sobre la maquinaria enchufada, y yo intenté desviar su atención con algunas preguntas impertinentes: “¿Dónde vives?”, “¿Cómo te llamas?”, “¿Tienes familia?”… de ninguna obtuve respuesta, pero a la pregunta siguiente “¿Qué te pasó en el rostro?”, ella volvió a señalar a la regleta y me pidió que por favor desenchufara todo, pues no lo estaba usando. Cumplí sus deseos y se marchó sin despedirse, como era costumbre.

Ayer, viernes, yo dormí y ella volvió a despertarme con el timbre. Esta vez me acordé y dejé todo desenchufado para que no me reprochara nada y ver si conseguía que respondiera a alguna de mis preguntas… Soy bastante curiosa y cuando se me presenta una duda, cuestión o misterio, necesito resolverlo. Soy así, tal vez por eso me encanta la peluquería, te enteras de muchas cosas.

El caso es que intenté preguntar más cosas y no había manera de que me respondiese y siempre que mis preguntas tenían relación con sus quemaduras ella señalaba los famosos enchufes y me decía que eran peligrosos y que tuviera cuidado. No había manera de sacar nada de información preguntándola directamente.

Hoy por fin he comprendido todo. Me dormí como cada mañana, imaginando que a la hora de siempre llegaría mi cliente misteriosa, pero en vez de eso me he despertado con la peluquería en llamas. Un cortocircuito ha hecho saltar chispas del enchufe y ha incendiado todo lo inflamable que había en el local. El humo me ahoga y las llaves de la puerta han quedado sepultadas bajo el fuego. La puerta no se abre, el cristal no se rompe y yo ya estoy en el suelo tirada apunto de quemarme…

Tras el cristal de la puerta, fuera, se encuentra la mujer quemada que solo me mira y, yo también la miro a ella. Sus ojos… sus ojos son mis ojos. La mujer soy yo. El fantasma… soy yo.

cuadrante

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s