1. Preparativos

Compré el vuelo como seis meses antes de la partida, así que me olvidé por completo hasta que quedaron dos o tres semanas, cuando ya vi necesario hacerle un poco de caso a mi futuro viaje. Sabía que yo, con mi nacionalidad española, no necesitaba ningún visado y las vacunas no eran obligatorias, por lo tanto empecé a buscar información del país, ese tipo de cosas que se suelen y se deben hacer para que no haya muchos detalles que te pillen por sorpresa, y cuando ya he recopilado suficiente información geográfica, de seguridad, de transporte y de interés (ya sea turístico o no) intento trazar un itinerario lógico para los días que voy a estar allí.

El itinerario lo suelo dejar abierto, es simplemente orientativo, pues una vez allí van a surgir muchísimos más planes que seguramente serán más apetecibles a los que miraste desde tu casa. Esto es clave, si planificas tu viaje al milímetro y eres de los que tiene que cumplir el plan trazado… ¡Lo llevas claro, chaval! Pues pocas veces salen las cosas como espera uno, los factores externos abundan y rondan tu azotea todo el rato, así que sé flexible y déjate llevar por los acontecimientos o no disfrutarás tanto de tus vacaciones.

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Cuando tengo más o menos un plan miro el alojamiento, y aquí depende de lo que cada uno desee. Yo por ejemplo no soy muy amigo de los hoteles, no por la plata, que también, sino por el ambiente que rodea este tipo de lujos, así que suelo escribir en mi buscador –Hostales en “cualquier ciudad” – y me saldrá un listado con páginas de hostales donde podrás comparar y elegir el que más se acerque a tu manera de pasar la noche, ya sea roncadora, agitada o solitaria, tú decides, bribón.

Vuelvo a mencionar una vez más la maravillosa plataforma Couchsurfing, que ya es una herramienta imprescindible en mis viajes y en mi método de hacer amigos, pues con lo feo y timidete que soy no encuentro otra manera de acercarme a la gente local (que no loca), para entablar amistades fuera de mi hogar. Recuerdo que Couchsurfing es una red social que promueve el intercambio cultural y el acercamiento social gracias a la solidaridad de sus miembros, que permiten la entrada de viajeros a sus casas ofreciéndoles un lugar donde dormir, conversación y tal vez más cosas. Es sin duda una locura, y cada vez es un proyecto más grande, pues hay eventos, grupos e información de cada ciudad para que te sea más fácil conocer gente. Importante decir que el alojamiento debe ser gratuito para que esto siga funcionando, nunca cobres ni te dejes cobrar.

Salvo en Bogotá, que hice “Couchsurfing”, no reservé ningún hostal ni nada desde España, pues como ya os dije, prefiero ir haciéndolo sobre la marcha y así no atarme en el camino, pero ya os adelanto que no tuve problema alguno con el tema alojamiento.

Muy bien, pues ahora toca el “Que llevar”. Una lista de lo que llevé yo que os puede servir sin duda para echarle un ojo y recordaros algo que se os está olvidando o que no sabéis si os pueda valer. Recomiendo, si tienes intención de viajar como mochilero, que el macuto que lleves no sea muy grande o mejor dicho, que no esté muy petado, porque lo vas a sufrir si no.

  • Macuto, mochila, maleta, saco de patatas: Es un objeto que tienes que llevar casi obligatoriamente, porque si no lo llevas no llevas nada ¿Obvio?
  • Mochilita pequeña: Es algo que me parece bastante importante, aunque solo quepa una botella de agua y una sudadera en ella. Lo suficientemente pequeña para que no ocupe más que un tanga.
  • Documentos: Pasaporte, billetes de avión, papeles del seguro, reservas… llévalo siempre encima, colega, no seas parguela.
  • Chubasquero: Hay que informarse bien del tiempo que va a hacer en tu destino, pero nunca viene mal llevarlo, y si puede ser un plastiquito también para tu macuto (algunos ya lo tienen incorporado)
  • Tres pantalones: Incluido el puesto, uno corto y dos largos de los cuales uno es de montaña y el otro vaquero. Yo viajé un mes y me fue bien con los tres. También llevé un pantaloncillo para dormir.
  • Un bañador: Mi destino lo requería, pero ojo, aunque tu destino sea Hungría en invierno siempre puede ser necesario en termas o piscinas cubiertas. Y a parte pueden servir también de pantalón.
  • Una sudadera
  • Siete camisetas: Ocupan y pesan poco, así que me excedí, pero bueno. Tres eran de manga larga y dos sin manga, para sobrevivir al buen calufo.
  • Un abrigo: El mío era de entretiempo y sí es necesario, porque en las ciudades que se encuentran a bastante altura, como Bogotá, se está fresquito por las mañanas y hace buen frío por las noches, además de las excursiones que quieras hacer por la alta montaña, donde hace frío del bueno.
  • Dos toallas: De esas que casi no ocupan y que se secan rápido. Una para la ducha y otra para playa y piscina.
  • Cinturón: Sin esto el viaje no hubiese sido lo mismo.
  • Riñonera: Yo no llevé, pero puede que sea útil para el dinero y los documentos. Están guais esas que puedes meterte entre los calzones y los pantalones.
  • Ropa interior: Suelo olvidarme de esto siempre, aunque esta vez no fue el caso. Creo que llevé como 5 pares de calcetines y 5 calzoncillos.
  • Sandalias: O chanclas, para evitar hongos en las duchas y para la playa.
  • Deportivas o botas: Yo llevé botas porque pensaba hacer excursiones de montaña, pero es recomendable llevar solo un calzado (a parte de las chanclas), elige.
  • Almohada hinchable: En el avión suelen darte una, pero para los largos trayectos en bus, coche o los vuelos internos.
  • Sábana-saco: Me sirvió mucho en las asquerosas camas de la India, pero en Colombia me sobró totalmente.
  • Mosquitera: Se me olvido llevármela y me alegro por ello, porque no la hubiese utilizado. Está bien para estancias largas, pero si te vas a ir moviendo creo que no vas a perder el tiempo colocándola cada noche.
  • Anti-mosquitos: Otra cosa que olvidé, y esto sí era fundamental, así que a los pocos días me vi envuelto en picaduras.
  • Cámara: La del móvil no siempre te va a valer y a mí siempre me gusta fotografiar hasta lo más mierdoso que haya, por eso intento llevar una cámara aparte y el cargador o las pilas de esta.
  • Móvil: No es fundamental, claro, pero vivimos en el siglo XXI y es una herramienta claramente útil… haz el favor a tus seres queridos y llévatelo. También su cargador que debe servir para los ENCHUFES COLOMBIANOS, que no son iguales.
  • Neceser: Cepillo de dientes, pasta de dientes, cortaúñas, cuchilla de afeitar, champú, gel, desodorante, toallitas… Tú sabrás que metes ahí, pero recuerda que si pillas vuelos internos “low cost” con únicamente el equipaje de mano, hay cosas que no podrás llevar.
  • Botiquín: Tiritas, crema solar, ibuprofeno, paracetamol, after sun, betadine, vendas, algodón… Será mejor que intentes no utilizar el botiquín.
  • Cuerda y pinzas: Te va a tocar lavar y por supuesto tender la ropa.
  • Hilo y aguja: Por si alguna rotura dejaba al aire mis testículos.
  • Tapones para los oídos: No los utilicé, pero hay mucho ruido, sobre todo en la ciudad de Medellín y aún más en fiestas de Navidad.
  • Candado: Si vas a hostales y eres desconfiado más vale que te lleves uno, porque lo vas a necesitar.
  • Linterna: Apenas la utilicé, pero en lugares como en el Tayrona te pueden ser de gran utilidad. Es algo que no puede faltar.
  • Cuaderno y boli: Sin mi libreta de viajes este blog no sería lo mismo. Además, el bolígrafo lo necesitarás para muchas cosas.
  • Papel del culo: sobran las explicaciones.
  • Otras cosas: Son prescindibles, pero ocupan poco y mola llevarlas, como la navaja, los imperdibles, cuchara y tenedor, clínex, goma elástica, gafas de sol, bolsas y entretenimiento (libro, baraja de cartas…).

Parece una lista muy grande, y seguro que me dejo cosas, pero esto no ocupó ni tres cuartos de mi macuto y tampoco es pesado. Lo que más suele ocupar es la ropa, así que no la dobles, sino enróllala y ocupará mucho menos, notarás la diferencia. Recuerda también que no debes llevar cosas que no vayas a utilizar, aunque seguramente lo harás sin querer.

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¡El dinero! Yo lo hice de dos maneras y en ningún caso lo cambié en una casa de cambios o en un banco. Descubrí una manera nueva de cambiar el dinero con la que me fue bien y quiero compartir con ustedes. Cambié los euros a pesos colombianos por MoneyGram, es fácil y no te roba mucho. Le dejé dinero a una persona de confianza en Madrid (tú puedes hacerlo con un indigente, si lo deseas) para que me lo transfiriera y en el caso de España-Colombia, hasta 500 euros te quitan algo menos de 5 euros (que luego es más, porque la oficina de Colombia también se lleva comisión). Recordemos que hay que evitar cambiar en las casas de cambio del aeropuerto y que conviene comparar entre unas y otras. También, si encuentras a una persona que vaya a viajar a Europa tal vez puedas hacer un trato y cambiar con ella lo más justo posible.

Creo que sobre los preparativos está todo dicho, así que os dejo con el diario, si queréis, si no saltaos al siguiente episodio, que hablaré sobre el país y sus atractivos.

I. Dieciocho horas de luz

¡Malditos vuelos baratos que salen a las seis de la mañana! Pues un par de horas antes ya tenía que estar en el aeropuerto madrileño para facturar el macuto, que estaba relleno de mis cosas hasta la mitad y la otra mitad lo ocupaban los CDs de mi hermano, el Moños, que es músico y se estaba marcando una gira por la América Latina y, como se le estaban agotando los discos pues me utilizó de mula para aumentar su reserva, cosa que me trajo más de un problema, entre ellos el peso que destrozaba mi espalda perfecta, pues no solo llevaba el material en el macuto facturado, sino también en la pequeña que utilizaría de equipaje de mano… Igual, repleto de discos, y como no, el guardia del control me hizo abrirlo para asegurarse que no eran librillos de drogaina.

Embarqué contento, con esos nervios de un niño esperando un regalo. Había estado algo asustado por el tema de viajar solo, pero se me había desvanecido ese miedo por arte de magia y ahora hasta lo deseaba. Mi primera y única escala sería en Ámsterdam, a dos horas de vuelo, y por suerte no tendría que esperar mucho hasta el siguiente, que me llevaría directo a Bogotá.

A pesar de no haber dormido un cagao, no podía pegar ojo en esas dos horas por culpa de los nervios. Ya en Ámsterdam busqué mi nueva puerta de embarque, pero me fue imposible porque no estaba la información en los paneles, así que metí mi código de vuelo en un ordenador informativo y me dijo que ese vuelo a Bogotá era para el día siguiente, entonces yo me cagué encima y a punto de llorar estaba cuando decidí preguntar a la amable mujerona de tres metros que se ocupaba de secar lágrimas y ¡Tachaaán! Mi vuelo apareció en la pantalla por arte de magia ¡Allá vamos!

Este segundo vuelo ya era en un señor avión, con su ordenador personal a bordo, su mantita y los menús incluidos, ya sabéis, para distancias largas… grandes lujos. Eran como 12 o 13 horas de vuelo y parecía que iba a poder echarme una buena siesta, pero claro, siempre hay factores en contra con los que uno no cuenta. Para empezar me tocó entre una niña y un maromo sacado de la cara oculta de “Los Pollos Hermanos”, que le tuve que pedir una vez que me dejase pasar para ir al servicio y casi me hace una corbata colombiana con la mirada. A la izquierda de la niña estaba su madre, naturalmente, con un bebé en brazos y ya sabéis lo que significa eso ¿No? Llantos expertos en destruir tímpanos que están esperando a que cierres los ojos para explotar lo más cerca de ti posible. Otro factor que estaba en contra de mi siesta fue un malestar inesperado en mi estómago, una invasión de gases que hacía retorcerme de dolor cuando intentaba evitar las flatulencias. Ya cagué dos veces en el aeropuerto de Ámsterdam y otra en el avión, y ya os digo que hubo otra más cuando llegué a Bogotá.

Como de momento no sería posible dormir, me decidí a ver una peli, a ver si así colaba y acababa tronchado, pero no, no había manera, terminó la película y nada, y fue cuando me di cuenta de que nunca se haría de noche en aquel avión, pues el aparato volaba al ritmo de las horas, persiguiendo al Sol en su huida hacia el horizonte, así que así fui pasando el tiempo en un tiempo que era impasable, viendo películas cutres y echándome a la boca esa comida del avión que a veces está buena.

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Sobre las cinco de la tarde llegaba a Bogotá cansado, pero con ilusión. Cagué y pasé migración con la cabeza bien alta. No me dijeron nada de mi mercancía sospechosa y cuando llegué a la cinta de equipajes ya estaba mi macuto dando vueltas, solo, no sé por qué, no había ninguna maleta más, pero me la pela, no es mi problema.

Afuera me esperaba un viejo amigo de Couchsurfing que ocupó una cama en mi casa unos días el invierno pasado, y muy generoso él se había ofrecido no solo a devolverme el favor de alojamiento, sino también a recogerme en el aeropuerto. Su nombre es Riki… Bueno, ya saben que yo siempre cambio los nombres, pero más o menos es parecido.

Riki me llevó a su casa en el Transmilenio, que se trata de una red de autobuses muy largos que tienen un carril para ellos solos y que intentan simular al Metro, pero no lo consiguen, claro, pues es más lento, tiene menos capacidad y es un verdadero lío, así que menos mal que vino Riki a buscarme porque si no, no hubiese llegado nunca a su casa.

Una hora tardamos más o menos en llegar a su barrio y es cuando me fui dando cuenta de la inmensidad de aquella ciudad, pero como al fin era de noche no tuve la oportunidad de contemplarla aún. Su barrio, al suroeste, no estaba tan lejos del aeropuerto en realidad, pero en esta ciudad las distancias se alargan tres veces más. En realidad su barrio no era parte de Bogotá, sino de Soacha, que es un municipio perteneciente al departamento de Cundinamarca, pero está unido totalmente a la ciudad de Bogotá por el crecimiento de la urbe.

Riki vivía justo encima de una escuela infantil con su familia y nada más entrar conocí a su mamá, otra persona encantadora que me ayudó mucho. Me dieron un té, hablamos un poco y nada más, me entró el sueño que no había tenido en el avión y solo pude ducharme antes de sobarla.

Ya me habían avisado de la música y el ruido que montan los reggaetoneros por la noche, sobre todo los fines de semana, pero estaba tan cansado que ni me enteré. Me puse la alarma a las seis porque habíamos quedado con otra gente para mi primera excursión, pero Riki se rajó, ya que le salió un trabajo inesperado, así que empezó la aventura del transporte público para mí. Tenía que ir al este de la ciudad, al barrio de Chapinero y mi amigo me indicó en un papel los pasos para no perderme. Desayuné y tiré, mirando muy a menudo la chuleta que me sirvió de mucho porque llegué perfectamente al lugar acordado, al Parque de los Hippies, pero con media hora de retraso, así que allí no había nadie y yo no tenía ninguna forma de contactar con ellos, así que empecé a andar hacia las montañas, pues suponía que la excursión sería por allí.

Se trataba de un evento de Couchsurfing para visitar la Quebrada las Delicias, poco conocido entre la población que va mostrando un recorrido hidráulico hasta llegar a una cascada, impresionante sobre todo por su cercanía a la ciudad.

Como dije, empecé a moverme hacia las montañas, dando vueltas por varias carreteras hasta encontrar un pequeño parquecito en cuesta que bajé y donde me encontré un cartel titulado “Quebrada las Delicias”, entonces volví a subir el parque, a orillas de un río y descubrí que el sendero seguía, aunque estaba algo escondido. Tuve que preguntar varias veces para no equivocarme y al fin encontré el paso en los cerros orientales. Me fijé que el camino rural estaba lleno de guardias vigilando la zona, lo que le daba seguridad a la zona, aunque le quitaba todo el encanto.

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Al fin llegué a la cascada, a una media hora del parquecito, y allí estaban los compañeros que me habían abandonado. Un grupo de unas 15 personas de varias nacionalidades, pero sobre todo colombianos. Me presenté y bajé con ellos pasando por algún mirador y terminando en el punto de partida, metiéndonos en una cafetería muy famosa, que es una cadena llamada Juan Valdez, algo cara, pero merece la pena ir aunque solo sea una vez para probar su extensa carta de cafés. Yo probé uno dulce y la verdad es que me gustó bastante, teniendo en cuenta que yo no soy muy cafetero, así que recomiendo esta cadena de cafeterías que incluso te pueden hacer una demostración de la preparación si se lo dices.

Estuvimos como dos horas en este lugar y cuando terminamos nos separamos, siendo cuatro los que nos fuimos a otra quedada, un picnic, se suponía. Yo compré una gaseosa para no quedar mal y arreando, que es gerundio. La caminata fue larga y cansada, pero estuvo bien conversar con esta gente, que me recomendaron cosas varias y me hablaron sobre la ciudad y el país. Cuando llegamos al punto de quedada, creo que al parque El Virrey, vimos que allí no había nadie, solo una chica, así que comimos y bebimos lo que teníamos y nada más. Me acompañaron al Transmilenio y pude volver yo solito, sintiéndome mayor en mi nueva ciudad y orgulloso de haber conocido gente el primer día ¡Me merezco un pin!

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Riki seguía liado con su trabajo y yo maté el tiempo hasta la cena leyendo. Su madre me había preparado un risotto “a la colombiana”, una sopa de verduras y una almojábana, que es un panecillo dulce de maíz y queso. Después de devorar todo y ducharme, afronté mi segunda noche en Bogotá.

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