4. Vlad el Empalador

Tal vez sea uno de los personajes históricos que más mitos y leyendas posee, y no todas gracias a Bram Stoker, pues su vida histórica está llena de misterios y anécdotas propias de un ser peculiar. Está claro que añadir la parte vampiresca a su vida puede ser muy llamativo y seguramente sea el motivo por el que la mayoría de las películas sobre Drácula se centren más en un chupasangres que en el tipo que realmente fue, alguien con una historia que bien podría haber llegado al cine y a la novela sin la fantasiosa mente de Bran Stoker, que por cierto, su obra me enganchó a la literatura del misterio y el terror cuando era un adolescente rebelde.

Una cantidad enorme de turistas llegan a Rumanía cada año con la esperanza de introducirse en el misterio más profundo de Vlad Tepes y se sorprenden al enterarse de que este antiguo príncipe fue y es hoy en día un orgulloso y querido recuerdo de los habitantes del país, y muchos ponen mala cara si les hablas de vampiros. Tanto es así, que hubo tiempos no muy lejanos (hace 30 años) que este libro de terror estaba prohibido en Rumanía ¿Por qué? No sé, se lo toman muy a pecho estos rumanos, pero dale una vuelta de tuerca, imagínate que el guerrero icono español, el héroe que nos obligan a adorar en las escuelas, el Cid Campeador, fuese distorsionado él y su historia por algún novelista extranjero y resulta que en su cuento el Cid es un hombre lobo que come niños por las noches ¿Te lo imaginas? Y ahora todo el mundo conoce a este guerrero como el personaje de la novela y no como el que en realidad fue ¿Cómo te sentaría si llegase un alemán que balbuceando un mal inglés te pregunta por el museo del Cid, el hombre lobo come-niños? Sinceramente, a mí no me sentaría mal, de hecho me reiría bastante, pero conozco a mucha gente en este país que preferiría mandarles a la mierda con el dedo corazón levantado.

A pesar de esto y del orgullo que sienten los rumanos de Vlad III, este antiguo príncipe no era un santo ni mucho menos, y voy a intentar explicarme contando su historia y sus más horribles anécdotas.

Vlad Draculea nació en Transilvania, en la ciudad de Sighisoara, justo en el centro de la Rumanía actual, en plenos Cárpatos, en 1431. Un lugar controlado por los húngaros, aunque eran tierras muy agitadas en aquella época y el Imperio Otomano amenazaba a Europa por el sur. Su padre, fue gobernador de Valaquia, el territorio que separaba Transilvania de los Otomanos, y mantenía una relativa calma en la zona, pagando unos tributos a los turcos y así evitar la expansión. Uno de esos tributos fue entregar a dos de sus hijos al Imperio musulmán, y como podrás imaginar Vlad Draculea era uno de estos niños, que convivió cautivo con los otomanos desde los 13 hasta los 16, cuando fue liberado. A su vuelta a Valaquia supo que su padre y su hermano mayor habían sido asesinados por los húngaros y los boyardos (adinerados), suceso que le haría tramar una venganza.

Pasó ocho años formándose, militarmente hablando, y reclutando aliados hasta que obtuvo la confianza del conde húngaro (el mismo que ordenó asesinar a su padre y hermano) y le otorgó el poder de Valaquia, y aquí empezó el macabro liderazgo de Vlad III. Lo primero fue vengarse del hombre que supuestamente mató a su padre, Vladislav II, empalado en una plaza pública. Más adelante vació ciudades que se negaban a comerciar con él, empalando a sus habitantes y, para finiquitar su venganza invitó a una cena a todos los boyardos y, cuando acabó la cena empaló a los más viejos y esclavizó a los restantes, obligándoles a construir una fortaleza en lo alto de una montaña. El trabajo forzado acabó matando a todos.

Vlad fue apodado “El Empalador” (Tepes, en rumano), pues fue la condena más elegida para sus enemigos, aunque usaba otras también, por supuesto, como la hoguera, el desollamiento, o la exposición a las fieras. No solo empalaba adversarios, pues no tuvo piedad tampoco con los mendigos, los pobres, ladrones y enfermos… Para acabar con ellos les invitó a una lujosa comida y quemó la casa donde se realizó el festín con ellos dentro. Fueron 3600 víctimas.

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El Príncipe dejó un paisaje de sangre entre Valaquia y Transilvania, todos le temían, en los bosques ya no había árboles, sino empalados. Existe un dibujo de Vlad III en el que sale desayunando al aire libre mientras sus víctimas agonizaban empalados, tal vez de aquí sacó Bram Stoker la leyenda de que se bebiese la sangre de sus enemigos.

Llevada a cabo su venganza y habiendo exterminado a sus rivales en su gobierno comenzó a desafiar al Imperio que le tuvo cautivo. Unos emisarios turcos llegaron a su palacio para cobrar tributos, pero el gobernante, al ver que no se quitaban los turbantes ante él, se los clavó al cráneo y les devolvió a los enemigos. Ahora le tocaba pelearse en el sur.

El Sultán Mehmed II fue como un hermano para Vlad Tepes en los años que estuvo cautivo con los otomanos, pero ahora era su gran rival. Este, al igual que el Príncipe de Valaquia, también era un líder sanguinario, pero en la batalla de “macabros” ganó Vlad III, pues el Sultán huyó a Constantinopla al toparse con un campo gigante infestado de empalados, pues aquella imagen le destruyó por dentro.

Aunque las primeras batallas las ganó el Empalador, poco a poco fue perdiendo la fuerza de su ejército y el gigante turco se fue haciendo con Valaquia y Transilvania. El Príncipe fue acorralado en la misma fortaleza que había obligado a construir a sus esclavos boyardos. Allí su mujer se suicidó cuando parecía que no había escapatoria posible, pero misteriosamente pudo huir y exiliarse. Algunos historiadores dicen que escaparon en caballo, habiendo colocado las herraduras en sentido contrario, para que los turcos, cuando viesen las huellas, pensasen que una tropa había entrado y no salido del castillo.

Años después volvió a Valaquia y consiguió de nuevo el trono, pero le duró poco, pues murió de alguna manera desconocida. En batalla o traicionado, incluso algunos dicen que consiguió escapar de la muerte.

Si este hombre fue tan horrible, dime tú por qué es querido por la gente que actualmente vive en el país rumano. Pues debe ser porque Vlad Tepes no solo trajo sangre y dolor, sino también una seguridad relativa, acabando con los maleantes, ladrones y asesinos en las ciudades (y de qué manera). Su sentido de la justicia era discutible, pero no hacía diferencias entre un campesino o un soldado de alto rango, quien violase las leyes iba al palo. Fue un patriota y lo demostró sobremanera en unos tiempos tambaleantes para la cultura rumana. Hoy en día los seguidores del antiguo Príncipe de Valaquia intentan excusar y explicar las macabras acciones, fueron tiempos de caos y mucha brutalidad, había que parecer un monstruo para que la gente respetase al gobierno y cumpliera las leyes. Asustó a todos sus enemigos y a su propio pueblo. Un Hitler de la época. En una ocasión dejó una copa de oro en una fuente y dijo que era para el pueblo, pero como desapareciese encontraría al ladrón y sufriría la condena más sufrida… Nadie osó llevarse la copa de oro.


Lunes 20, se nos acabó la suerte

Como ya advertí, tocó madrugar. Cargamos las maletas y salimos disparados hacia aquella ciudad de la que conocíamos poco y a oscuras. El tranvía nos dejó en la Plaza de la Libertad (Piata Libertatii) y bajando por la calle Alba Iulia llegamos a la Plaza  Victoria (Piata Victoriei), donde estuvimos la noche anterior, pero esta vez con mucha más gente y más claridad. Volvimos a ver el edificio de la Ópera Nacional, la fuente, la loba y como no, la Catedral. Seguidamente retrocedimos unos pasos atrás para llegar al Castillo de Hunidae, que por fuera no es muy impresionante y por dentro no lo sé, porque no entramos. Se trata del monumento más antiguo de la ciudad, del siglo XV. Hoy es un museo de Historia y Ciencias Naturales.

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Atravesamos toda la calle Lucian Blaga hasta llegar a la Plaza de la Unión (Piata Unirii), aunque en este trayecto desayunamos en una cafeta y tentamos a Eva para que mordiese la manzana. En esta plaza nos quedamos un rato, porque tiene buenas vistas: al Oeste está la Iglesia Ortodoxa Serbia, al Este, justo en frente, divisamos la Catedral Católica Románica San Jorge, muy amarilla ella. Al Sur podemos contemplar con la boca semi-abierta la Casa Brück, edificios representantes del Art Nouveau en Timisoara. Y en el centro de la plaza estará la Fuente y la Estatua de la Santísima Trinidad… ¡Un pueblo muy religioso, oiga!

Teníamos un mapa que nos guiaba un poco a lo loco, y ahora quería que volviésemos por las calles que ya habíamos recorridos para enseñarnos la sinagoga de la ciudad ¡Pero bueno! ¡Ya basta de edificios religiosos! Bueno, pues siguiendo la calle Coriolan Brediceanu hacia el Oeste llegamos al Escudo de la Ciudad (Ecluza Cetatii), en la Plaza 700, y aunque no sé muy bien qué es (intuyo que una especie de foso de la antigua ciudad para controlar el agua) recomiendo la visita a estos restos arqueológicos en medio de la calle. En la misma plaza está el Mercado, donde venden lechuga fresca, tomillo, trapos bonitos, aceitunas, medicamentos prohibidos, niños perdidos, drogas… ¡Lo que tú quieras, niña! ¡Lo que quieras!

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Se acababa el tiempo, había que ir aligerando, así que seguimos rodeando el Centro hacia las agujas del reloj y nos adentremos en el maravilloso mundo del Jardín Botánico, y aunque no era muy alucinógeno nos sirvió para sentarnos en un banquito al sol y descansar los pinrreles.

Lo último que visitamos fue el Museo en memoria de la Revolución de Timisoara de 1989 (Asociația Memorialul Revoluției 16-22 Decembrie 1989). Está guay, pero lo vimos deprisita y corriendito porque los primeros 20 minutos los pasamos en una sala viendo un documental sobre lo sucedido, con subtítulos en español, así que no te lo puedes perder, que esto no ocurre todos los días.

Ahora sí, tocaban las prisas, porque si exprimes el tiempo esto es lo que vas a tener. Un bus al hostal, ya que habíamos dejado las maletas allí, pero guay, porque pillaba de paso. Y después otro bus que nos transportaba al aeropuerto. Intuimos que los autobuses en Rumanía no son gratis, pero nunca descubrimos donde había que comprar los tickets, así que por aquel país fuimos un poco jugando con la suerte y finalmente hubo final feliz. En el aeropuerto lo de siempre, esperar y aburrirse, sobre todo porque el aeropuerto de Timisoara era especialmente aburrido, lo único entretenido era observar a la gente, y cuando eso es los más entretenido significa que… Ya sabes lo que significa.

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Siempre hay una sorpresa a final, un regalito de viaje, un suvenir pa nunca más venir… En esta ocasión nos lo preparaba la compañía aérea Wizz Air, de Hungría, por si no lo sabíais, aunque es irrelevante. Estos mamones tienen tres precios por equipaje: el facturado, el de mano “grande” y el de mano “pequeño”, pero en realidad el equipaje de mano “grande” tendría que ser el pequeño y el equipaje de mano “pequeño” tendría que llamarse equipaje enano. Nosotros no nos habíamos pispao de esto y habíamos contratado el servicio más barato, por supuesto. Claro está que ocurrió la desgracia… Yo pasé el control porque iba con macuto, y con este tipo de equipaje siempre hacen la vista gorda porque es muy moldeable, pero Fosforito iba con maleta dura de ruedas, y este bulto no entraba ni pa tras (lo sé porque lo probó pa tras). Encima el menda del control no me dejó ayudar a mi compañera a meter y sacar la maleta y todo fue muy desesperante, sobre todo para ella, lógicamente, que una vez pasado el control con una multa de 40 euros decidió pagarla conmigo echándome las culpas de todo lo que había sucedido anteriormente ¿Tuve yo la culpa? Puede que un poquito, porque no revisé las medidas permitidas, pero amiga Fosforito, no flipes, que yo no tengo la culpa de que exista la gente mala.

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Bueno, da igual, tampoco fue la única perjudicada, hubo otras chicas cagándose en Wizz Air durante las cuatro horas de vuelo. Así que nada, final agridulce para estos dos viajeros que se deprimían cada vez más y más según iba acercándose el avión a Madrid. Un viaje corto y por consiguiente… INTENSO. Muy bonito y agradable también ¡Hasta la próxima!

5 comentarios en “4. Vlad el Empalador

  1. Pingback: 3. Curiosidades de Rumanía II – ¡Vaya Diario!

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