1. Toulouse. Ciudad de fin de semana

Llegó la Navidad y Fosforito me dejó un viaje bajo el árbol. Una escapada a la ciudad del exilio español. Toulouse, la cuarta de Francia en población. Yo nunca había estado y mi compañera tampoco… Es más, ella ni siquiera había pisado suelo francés e iba a ser su primer contacto con nuestros vecinos más extensos, y eso es una cosa que, al parecer, si no me equivoco, le importaba cero.

La cosa se fue complicando poco a poco, los días transcurrían, las fiestas navideñas terminaban e iban naciendo problemas que amenazaban la escapada, y el peor de estos obstáculos infernales fue el que tuvo justamente Fosforito, finiquitando un Máster ¿Cuándo la iban a poner la defensa de su trabajo? Pues sí, amigos… Ese dichoso fin de semana. Un trámite final que requiere un ordenador, conexión a internet, apuntes, ensayos y un lugar tranquilo entre cuatro paredes.

Por supuesto que nos planteamos no viajar, pero había que hacer todo lo posible para que saliera adelante, así que finalmente decidimos arriesgar todo (más bien ella fue la que arriesgó) y nuestro lema fue “Ya buscaremos allí una solución. Todo saldrá bien”. Por supuesto tuvimos la decencia de añadir al “macuto” (luego explico el porqué del entrecomillado) un ordenador portátil.

Como dije en la presentación, el trabajo nos estaba corroyendo el alma desde hacía ya tiempo, así que, a pesar de los ánimos bajos sabíamos que aquella escapada era necesaria. Ese viernes 26 de enero llegamos a casa desde el curro y una hora después ya estábamos camino al aeropuerto. Yo con mucha emoción, y Fosforito con unos nervios nunca vistos… Algo me decía que la Defensa del TFM no se la iba a poder quitar de la cabezota hasta el domingo, que es cuando lo tenía.

En el aeropuerto nos esperaba ya Ryanair o, mejor dicho, nosotros llegamos y tuvimos que esperar a Ryanair, un típico… Ya tú sabeh. Esta compañía ha vuelto a la carga con su política de tocapelotas: volar barato a cambio de vender tu alma. Es así, cada vez nos la lían más, pero la gente sigue aceptando sus normas (entre esa gente estoy yo, por supuesto). La verdad es que ya no es tan económico como hace unos años atrás, cuando podías volar por 5 euros a otros lugares europeos. Incluso yo llegué a volar por un puñado de céntimos a Palma de Mallorca. El caso es que hoy en día sigue subiendo sus precios y empeorando sus condiciones (sin hablar de su cuestionable calidad), y para este año 2018 han decidido liarla un poco más: Ahora, para subir con tu maleta de mano a cabina tienes que apoquinar unos 6 euros, y solo te dejan subir con un bolsito pequeño. Pero tampoco nos desquiciemos… Aceptan mochila de colegio como bolsito pequeño, y en dos mochilas nos cabía todo lo nuestro. Pero ¿Qué pasa si estás en la fila y te dicen que eso que llevas no pasa ni de blas? Pues tranqui, te ponen un ticket y te lo mandan a la bodega, pero sin coste adicional. Aquí lo malo es que luego tendrás que esperar a que salga tu maleta, cosa que es un verdadero rollo, admitámoslo.

Otra de las jodiendas con las que nos sorprendió esta compañía fue con la distribución de los asientos en el avión. No lo intentes, si no pagas los euros esos de viajero “prioritario” no te pondrán junto a tu compañer@ de viaje ¿Y qué ocurre entonces? Pues que se lía un pifostio bonito, porque algunas personas se sientan dónde quieren para ir acompañado de sus conocidos, entonces es posible que vayas a tu asiento y esté ocupado por alguien que te manda a otro asiento que resulta que también está ocupado y así hasta que te cansas de hacer la gymkhana y decides sentarte en el primer sitio libre que ves. Esto retrasa el vuelo y aumenta el malestar de los pasajeros.

Embarcamos al fin, todo bien. El vuelo solo dura una hora, pero es lo suficiente como para ver a un dragón por la ventana. El azafato nos dijo que era normal encontrarse dragones emigrando a África durante esta época del año. El compañero que tenía al lado, me dijo que él medio vivía en Toulouse porque tenía familia allí, y que le encantaba, porque había muchos animales extraños como los dragones estos, y que eran fáciles de ver… Incluso había que tener algo de cuidado con algunos. Más tarde, cuando coincidí con Fosforito (nos sentamos separados en el avión, pero nos acabamos juntando), le conté todo lo que me había dicho este hombre, para que lo tuviese en cuenta, no vaya a ser que se encuentre con un troll en la calle y se nos quede patidifusa.

No tengo ninguna foto de este primer día, así que os coloco fotos cualesquiera que hice en el viaje para amenizar la maldita lectura. En esta primera fotografía… Un dragón:

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El caso es que llegamos allí sobre las nueve de la noche y lo primero que hicimos fue ir al punto de información a que nos asesoraran sobre el mejor medio de transporte que nos acercaría hacia nuestro hotel, y este fue el tranvía. Todo bien hasta que descubrimos la inmensa cola que había para pillar los tickets, además nos tocó el más lento del aeropuerto delante nuestra… Parecía que conseguiríamos coger el tranvía que salía en tres minutos, pero este tío ahí estaba, dando a todos los botones sin saber qué comprar. Y nosotros le ayudábamos, pero no parecía querer entendernos, a pesar de que él también era español. Al fin, cuando quedaban treinta segundos para la salida, consiguió sacar su ticket y entró en el tranvía. Nosotros sacamos los nuestros en un pliqui, pero se cerraron las puertas en nuestras narices (sobre todo en la mía, que es muy grande) y vimos como el hombre más lento del aeropuerto nos sonreía lentamente y nos sacaba el dedo corazón desde el otro lado de la ventana, mientras la máquina cogía velocidad. Tuvimos que esperar veinte minutos más hasta que llegase el siguiente, pero bueno, son cosas que pasan.

En cuatro paradas ya habíamos llegado a nuestro destino. Creo que el hotel se llamaba “Ibis” y algo más que no recuerdo. Fue uno de los más baratos que encontramos al buscar alojamiento, pero parecía de muy buena calidad. Lo malo es que estaba bastante alejado de la zona céntrica y que a sus alrededores no había muchos comercios salvo una peluquería (ya ves tú pa qué nos servía) y un puesto móvil de pizzas. Lo demás era todo residencias de estudiantes y la gente que frecuentaba la zona eran jóvenes con aparato bucal, granos, mochilas, barbas a medio salir, etcétera.

El recepcionista era como un robot triste. Apenas nos saludó, solamente nos dijo un par de palabras en inglés y tres señas que nos indicaban que todo estaba correcto y que desapareciéramos de su vista de una vez por todas. Nos tiró la llave de la habitación a la cara y nos tuvimos que ir. La habitación era pequeña, pero acogedora. El baño tenía escasos utensilios, pero olía bien, que es lo más importante. Como no, lo primero que hizo Doña Fosforito fue inspeccionar si el WIFI funcionaba correctamente, y sí, parecía que sí. El problema ahora era saber si nos dejarían estar en la habitación una hora más de la cuenta, pues la video-llamada de la defensa sería a las 13:00 horas del domingo, y se supone que a nosotros nos echaban una hora antes. Decidimos no preguntárselo al recepcionista robot y esperar al recepcionista que estuviera por la mañana.

Como ya era muy tarde y el Centro estaba lejos, decidimos bajar a cenar al puesto de las pizzas. El vendedor de unos sesenta años poseía todos los estereotipos franceses. Jersey de rayas blancas y negras, boina y cigarro pegado en la boca, pero no vendía baguettes o queso, sino pizzas. El tipo sabía hablar español y pronto empezamos a intimar. Nos dijo que tenía una casita en Alicante y que solía ir dos veces al año porque le encantaba el calorcito del Mediterráneo español. Luego nos estuvo hablando de lo que podíamos visitar en la zona, y resulta que había restos de un teatro romano a 50 metros del hotel, pero que ya no quedaba casi nada porque el gobierno había destrozado todo (hace unos siglos atrás) ya que aquel lugar atraía a los ladrones. La parada del tranvía es Arénes Romaines, por si queréis ir. Nosotros nos jalamos la pizza mientras veíamos las cuatro piedras que quedaban.

Tras la cena solo nos quedaba dormir, porque el día siguiente sería totalmente de pateo y se necesitaba descansar. Así que no se habló más, nos subimos y dimos paso a los sueños.

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