Fuga

Para nosotros, el sol era algo difícil de ver. Siempre escondidos en la oscuridad de aquel bosque de color otoño, bajo los árboles amarillentos y conviviendo en una comunidad cada vez más extensa. La aglomeración se encontraba ya en casi todos los puntos del bosque y los fundadores trabajaban para seguir unidos, pero empezaba a ser imposible la convivencia. Antiguamente, todos conocían a todos y podías encontrar un lugar donde perderte y estar a solas, aunque solo sea unos minutos. Ahora no. El bosque está masificado.

El sol salió ese día y nunca me había parado a contemplar su belleza. No sé cuál es la causa, pero a nuestros abuelos no les gustan mucho los astros y maldicen y castigan a quien osa subir a lo más alto de los árboles para contemplar las estrellas, o en nuestro caso el sol.

¿Qué motivo nos había llevado a subirnos hasta la punta de aquel árbol y desafiar así a nuestra enorme familia? Tal vez el agobio y la dificultad de prosperar. Los dos sabíamos que para nuestro futuro y para el futuro de los que vendrán no había mucha esperanza en el Bosque Rubio, así que teníamos un plan que avivaba la llama.

Con las manos entrelazadas nos mirábamos cuando no estábamos contemplando el sol. A veces él miraba mi cuerpo y sonreía mientras me acariciaba. Estaba embarazada y en unos días seríamos más. Había que encontrar otro bosque y empezar de cero. Él era más escéptico, le daba miedo no encontrar un lugar mejor, o que no existiese. No conocíamos más que aquel bosque y lo desconocido podía ser todo o nada. Le comprendía. Yo también tenía miedo, además las historias que contaban los fundadores de otros bosques eran aterradoras. Más lluviosas, frías, ardientes, claras, con árboles cayéndose sin parar… Pero por suerte, no creíamos tales cuentos y valoramos la opción de escapar. Él también había visto la imposibilidad de quedarnos allí, sin apenas espacio para comer, y aunque se sentía mal por lo que estábamos a punto de hacer, entendía la necesidad.

Solo era un salto. Un bosque negro y más frondoso nos esperaba a solo un salto. No agarrarse a las ramas negras después del atrevimiento era el único riesgo. Si así fuese cabía la posibilidad de caer al infierno más desconocido, pero ya habíamos decidido correr ese riesgo. En cambio, si consiguiéramos agarrar fuerte aquellos árboles vírgenes yo estaba segura de que la prosperidad no tardaría en llegar.

No había vuelta atrás. A la de tres… ¡Una! ¡Dos!… ¡TRES!

Los dos saltamos con todas nuestras ganas, pero el peso que tenía dentro de mí no me dejó impulsarme con toda la fuerza necesaria. Por suerte, sus brazos no soltaron ni mis manos ni los troncos nuevos. Con esfuerzo pude trepar por él hasta agarrarme y asegurarme yo también. Ya estábamos en una tierra nueva. Lo habíamos conseguido.

Bajamos al suelo, donde verificamos la bendita oscuridad y el tan esperado silencio. Éramos los primeros en pisar aquel bosque. Nos miramos y estallamos a carcajadas ¡La felicidad era plena!

Ahora buscaríamos la mejor zona para dar a luz. Seguramente detrás de las orejas, donde más protección podríamos encontrar contra factores externos. Las liendres estaban a punto de llegar y con ellas comenzaríamos una próspera familia nueva. Una vez más, piojos felices.

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