Cinco segundos

¿De cuánta altura estaríamos hablando? 50, 60 metros, no sé, creo que a partir de diez metros las posibilidades de sobrevivir son escasas. Tal vez por eso me creía fuera de juego, arrepentido de dar ese paso ¿Y por qué motivo? ¿Qué necesidad? De poco sirve ya arrepentirse, no es posible la marcha atrás.

La chica que está a mi derecha debió verme temblar y con una tranquilidad sobrenatural, con una sonrisa incluso, se preocupa por mí y me pregunta por mi estado ¿Acaso no es evidente? Ni siquiera al borde de la muerte me permito ser tan maleducado, y contesto a la joven con un comprensible tartamudeo.

—Sufro, no sé por qué hago esto.

—Bueno, ya poco puedes hacer, así que al menos intenta disfrutar de estas vistas privilegiadas.

—No, qué va. No puedo.

Cierro los ojos en los últimos metros de subida y mis recuerdos comienzan a abofetearme como castigo por mi absurda decisión. Uno tras otro, imagen tras imagen, abrazos, notas musicales, vinos inacabados, barbies, aviones, flechazos, cuerdas de guitarra y más ceniza que se quedaría estampada en el cemento. A esa altura no se escuchaba absolutamente nada, y cuando parecía que mi cabeza había conseguido asumir el nuevo rumbo, sonó el ruido de los engranajes que indicaban el final.

Cinco segundos”, escuché decir a la muchacha. Entonces sentí su mano agarrando la mía y, noté como una mágica tranquilidad conquistaba mi pecho. Me atreví a abrir los ojos para regalarme un último paisaje maravilloso… El gran bosque nos rodeaba dejando salir solamente el agua marrón del río Manzanares, perdiéndose en la nebulosa contaminación.

—Gracias y adiós —Le dije a mi compañera sin poder quitar la vista del horizonte.

—De nada y hasta ahora —Me contestó, notándose una pequeña risa en sus palabras.

Se acabó el tiempo de estar arriba. Caída libre y solamente dos segundos para ultimar tus pensamientos. Grité y sonreí y, por supuesto, no se me ocurrió soltar la mano de aquella desconocida.

A diez centímetros del cemento ya pude escuchar las voces infantiles del purgatorio. Se acabó el sufrimiento. Entonces mi nueva compañera me dijo entusiasmada:

—¡Madre mía! La lanzadera es mi atracción favorita ¿Quieres montar otra vez conmigo?

No pude decir que no.

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