Día 2. “Los secretos del Principado” Liechtenstein (30/12/2018)

Minúsculo país perdido en todo el centro de Europa, escondido entre montañas de la furia de los mares y protegido por sus 75 km2 de fronteras con Suiza y Austria. El jefe de estado es el Príncipe (Fürst) Hans-Adam II, así que sí, estamos hablando de una monarquía.

Vaduz es la capital y la ciudad más visitada del país, pero no es la más poblada, sino Schaan, al norte de la capital, que tiene unos 6.000 habitantes de 37.000 que pululan por Liechtenstein. Vaduz, sin embargo, tiene unos 5.500 habitantes. El tamaño del país es casi ridículo, tan solo ocupa 160 km2 de la superficie del globo. Para que nos hagamos una idea, es algo menos que la cuarta parte de la superficie de Menorca (Is. Baleares, España). Aun siendo tan diminuto, el país se divide en 11 municipios, y varios de ellos tienen territorios en diferentes partes del país separados entre sí.

El liechtensteno o liechtenstena habla oficialmente alemán, aunque no tendrás muchos problemas para comunicarte en inglés o francés, al menos en la capi, que es donde estuvimos. Tendrás que apoquinar tus gastos en Francos Suizos, si es que vas a pagar tus caprichitos en efectivo (en casi todos los sitios aceptan euros, pero el cambio te lo darán en francos y vas a salir perdiendo).

El país tiene muchas pistas de esquí, por si te mola el rollo. El punto más alto está en la montaña Grauspitz, al sur del país (en la cordillera de los Alpes, como no), con una altura de 2.599 msnm. El río que crea la frontera natural con Suiza es el Rin, y un tercio de su superficie está ocupado por el valle de este río. El resto es montañoso.

Quitando los deportes de invierno y el senderismo, el país tampoco ofrece mucho entretenimiento turístico que digamos. Están los castillos de Gutenberg (en Balzers) y el de Vaduz. Este último está en lo alto de una colina vigilando la ciudad de Vaduz. Lo mejor es subir andando, que no es mucho, e ir parando en los miradores. Al castillo no se puede entrar porque es donde residen los monarcas, pero vamos, que está reformado a tope: desde su construcción en el siglo XII se ha remodelado y ampliado varias veces, aunque eso no quiere decir que ya no sea vistoso… Merece la pena subir la cuesta.

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Liechtenstein es un país lleno de carteles que señalan absolutamente todo

Otras cositas que podrían interesarte serían la Catedral de San Florián en Vaduz, del siglo XIX. El museo de arte moderno Kunstmuseum y el museo de los sellos (no sé, yo no soy muy de sellos, pero te lo dejo ahí), ambos en Vaduz. Y en Triesenberg encontrarás el Walser Museum, sobre las costumbres de los lugareños.

Nosotros no estuvimos más de un día en el país y el tiempo que estuvimos lo pasamos en Vaduz. A no ser que vayas a para practicar algún deporte de invierno o para hacer alguna ruta de senderismo, no creo que la ciudad te quite muchas horas. Subir al castillo son 20 minutos y los museos son un rato también, pero bueno, cada cual encuentra el interés en diferentes cosas, así que nah, disfrútalo.

Ahora seguimos con el diario, que se había puesto muy interesante. Nuestros protas habían entrado en Suiza huyendo de la plaga de los abrazos ¿Aguantarán mucho ahí? Si lo prefieres pírate de esta entrada y vete a la siguiente, donde hablaremos de los puntos más interesantes que te puedes encontrar por el país helvético, que, a diferencia de Liechtenstein, Suiza tiene mucha cosita (también por el tamaño, obviamente).


LOS SECRETOS DEL PRINCIPADO

La noche fue terrible, ciertamente. Cuando el calor que había dejado la calefacción de la furgo se consumió, que debíamos estar ya bien metidos en los sueños, empezó a entrar por las sábanas ciertas caricias heladas que iban a hacer que la noche fuese muy larga. El frío de los Alpes se presentó allí y los dos lo sufrimos en silencio, Yisus en la parte de arriba y yo en la de abajo, y aunque los dos queríamos abrazarnos para ganar calor, no era propio, pues aquella plaga de abrazos que venía del sur nos hizo temer en esos gestos amorosos.

Así fue que, sobre las seis de la mañana, ya estábamos con los ojos como platos y con la calefacción a tope enchufándonos a la cara. Unas galletas y un zumito y a estirar las piernas, aunque el fresquito no nos dejó disfrutar mucho del bonito paisaje de Lugano… Lo único que hicimos antes de salir de allí fue jugar a un ajedrez (todas las ciudades suizas tienen tableros de ajedrez gigantes en sus parques), y ojalá no lo hubiéramos hecho, porque acabamos a puños… Que a mí no me gusta perder.

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El típico puñetazo doble en el estómago… Nunca falla

Nos fuimos de Lugano por miedo. Estábamos a gusto allí, sí, pero en las noticias decían que el ejército italiano y suizo estaban teniendo complicaciones en la frontera del sur, y nosotros estábamos muy al sur. No parecíamos los únicos preocupados, ya que para salir de allí tuvimos que pasar horas atascados en las escarpadas carreteras.

No sé si era el frío o la situación mundial que estábamos viviendo, pero mi cabeza no iba muy bien. En una de las paradas para hacer pipí al viento, no me percaté de que había salido completamente desnudo. Ni siquiera Yisus se había dado cuenta… No sé cuánto tiempo llevaría desnudo… Tal vez toda la mañana. Fue al rato cuando me di cuenta, gracias a una ráfaga helada que campaneó el cencerro, que no llevaba ni calzoncillos.

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Maravillosos Alpes Suizos

El caso es que seguimos dirección norte por la autovía que nos llevaba a Liechtenstein, un mini país que seguramente sería inmune a la pandemia, ya que ¿Quién quiere ir allí? Pues bueno, cuando llegamos parecía que habíamos acertado. No había nadie por las calles salvo cientos de turistas japoneses, que parece que no se enteran de nada.

En Vaduz miramos las noticias con el móvil y nos apenamos mucho por Martina, pues al norte de Italia ya había llegado el apocalipsis cariñoso. Una pena, la verdad… Bueno… En realidad, nos daba un poco igual. Solo la conocíamos de un día.

A parte de los japos, la city estaba bastante desierta, salvo por un grupillo de familias que intentaban salir sin éxito de una pista de patinaje sobre hielo. Nos pidieron ayuda, pero, como dice el refrán: “Oidos sordos, corazón que no siente”. Así que comenzamos a subir la colina mortal que llevaba al Castillo de Vaduz, donde supuestamente vivían los monarcas del país. Cuando llegamos arriba, casi sin aliento, nos encontramos con las puertas abiertas, aunque un guardia bigardo vigilaba el acceso.

Con una sonrisa en la cara nos preguntó si veníamos al evento, y nosotros, como somos unos pinochos le dijimos que sí -Por supuesto que sí-, así que nos mandó al fondo a la derecha, pero amigo, resultó que el guardia no tenía ni idea de donde era, porque cuando llegamos al “evento” habían pasado quince minutos y no era ni al fondo ni a la derecha.

Un hombre mayorcito ya, pero con muy buena figura, estaba dando un sermón en alemán en un gigantesco salón, subido a una eterna mesa que sujetaba buena comilona y bebercio de todo tipo. Bajo aquel techo se reunían más de trescientas personas. Nosotros nos sentamos sin decir nada e hicimos como que entendíamos las palabrejas. Nos pusimos las botas y mientras tanto nos enteramos de que aquel hombre era el Príncipe Hans-Adam II, el jefe supremo del país, y por lo que el traductor de Google nos iba traduciendo malamente, parecía que no tenían muchas esperanzas en salvarse de la nueva epidemia, porque el tío soltaba frases en plan “tal vez sea lo mejor”, “así es la vida, un día odias y al otro te abrazas”, “el viento se come a cucharadas”, etcétera.

Cuando terminó la charla todos reían y brindaban (nosotros también, aunque no sabíamos por qué). Estuvieron un rato con la pantomima esa hasta que el propio Príncipe y algún otro familiar abrieron un portón donde salieron varias personas con unas ansias enormes de abrazar ¡Era una secta! ¡Los comensales fueron hacia los cariñosos afectados para unirse a la plaga! Yisus y yo salimos por patas y por poco nos pillan los brazos de una vieja y los del bufón de la corte. Por poco, sí.

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Castillo de Vaduz

¡Madre de Dios Santísima! Bajamos la colina en tiempo record, y antes de asimilar lo que había pasado ya estábamos en la Camper Van, con el pie de Yisus pisando fuerte. Por los pelos. El Principado se había inmolado y seguramente pasarían la frontera en menos que ladra un gallo. Nosotros tomamos la primera autovía que nos dirigía al norte de Suiza y a hacer millas, pero dos horas después ya estábamos hambrientos y cansados, así que decidimos parar.

Estacionamos en Neuhausen, ya de noche, a menos de cinco minutos de la frontera con Alemania, pues queríamos enterarnos de si era aconsejable pasar al país germano o si por el contrario había sucumbido. Al salir del carro un sonido constante y horrible sacudió nuestras cabezas. Se hacía difícil la comunicación oral, así que optamos por escribirnos cada vez que queríamos decirnos algo.

No sabíamos que era ese ruido, así que empezamos a dar un paseo por la zona en busca del foco sonoro, y a los diez minutos encontramos unas cataratas enormes iluminadas por varios focos. Estábamos a orillas del río Rin, por lo tanto, aquellas cataratas serían las famosas “Rheinfall”, las mayores de Europa Central. Observamos que allí la gente no hablaba nada, pues era imposible escuchar, así que empezamos a sospechar que en Neuhausen no tenían ni idea de lo que estaba pasando en el mundo. Todos parecían muy felices.

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Enloquecedor amanecer en Lugano

Nosotros, algo desconcertados, nos comimos unos bocatas de chocolate y nos metimos en la cama, aunque esta vez tuve más precaución y me puse más capas de ropa para dormir. Mañana veríamos como estaban las cosas por la zona.

Continuará…

3 comentarios en “Día 2. “Los secretos del Principado” Liechtenstein (30/12/2018)

  1. Pingback: Día 1. “Apocalipsis cariñoso” Suiza (29/12/2018) – ¡Vaya Diario!

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