Un domingo cualquiera

A mi pareja y a mí nos encanta salir a tomar algo los domingos por la tarde. Sentarnos en una terraza en algún bar cualquiera, pedirnos un refresco y algo para picar. A mí, personalmente, me produce una relajación importante y necesaria para afrontar con optimismo la semana, que suele ser larga y estresante.

Este domingo era perfecto. Pleno otoño, pero el calor del verano aún seguía fuerte al medio día, aunque a las siete de la tarde empezaba a refrescar un poquito y con una sudadera de grosor importante te quedabas más a gusto que un arbusto. Así que no había más que decir. Salimos calle abajo hasta adentrarnos en el agitado bulevar, siempre con mucho ambiente y sobre todo estos domingos tan agradables.

Empezamos a proponer terrazas intentando encontrar una en la que no hubiésemos estado antes, para ir probando, aunque ya se nos estaban acabando los bares. Al final de la avenida había uno que tenía buena pinta y decidimos probar allí. Enseguida nos atendieron, dando una imagen muy positiva. Yo pedí un refresco de limón con gas y mi pareja eligió otro refresco, pero sin gas, porque dice que las bebidas con gas le sientan mal al estómago y eso es algo que más tarde pueden sufrir terceras personas. También le pedimos una carta, ya que nos gusta siempre probar la gastronomía del local.

Tras una decisión algo larga y complicada, nos decantamos al final por unos nachos cuatro salsas y unas barritas rellenas de queso azul fundido, porque ambas somos unas enamoradas del queso. Si se pudiesen hacer casas de queso yo construiría la mía con este producto, aunque me lo acabaría comiendo y me quedaría de patitas en la calle, así que doy gracias a la vida por no dejar que las viviendas se puedan construir con queso. Además, la de vacas y cabras a las que habría que exprimir.

Tranquilamente nos comimos y bebimos lo pedido, entre risas, guiños, silencios y un encendido debate sobre el pleito que protagonizaron Luis de Góngora y Francisco Gómez de Quevedo Villegas en el siglo XVII, un tema que nos revuelve el estómago siempre, ya que discrepamos, pues yo soy más del poeta cordobés.

Cuando terminamos con todo yo noté cierta inconformidad. No es que los aperitivos no fuesen de mi agrado, sino que tenía la necesidad de echarme algo más a la boca, por lo tanto intenté convencer a mi acompañante para pedirnos otra cosilla, pero no, mi pareja estaba llena y no iba a poder con más, así que me pedí para mí solo una ración pequeña de patatas fritas dos salsas, y otro refresco para acompañar al alimento.

A partir de aquí empezó el problema. Si me hubiese dicho que quería comer también habríamos pedido una ración grande, pero claro, siempre hacía lo mismo: “No, yo no tengo hambre, no como, pide tú lo que quieras“. Y luego come todo el rato. Sinceramente, creo que lo hace a propósito.

El plato se dejó en medio y cuando yo lo agarré para acercarlo hacia mí me dijo que lo dejase en el centro de la mesa por si le daba por coger alguna patata. Yo no le dije nada, porque soy buena gente, pero me dio rabia. Transcurrían los minutos y las patatas iban desapareciendo. Por cada frase corta que soltaba cogía una de las grandes y se la metía entre los labios, masticando con la boca abierta, como para fastidiar. Hablaba y hablaba y yo asentía todo el rato como idiota, porque no me estaba enterando de lo que decía, solo pensaba en el plato de patatas fritas. Yo quería hacer como que me daba igual, pero en realidad mi sangre estaba hirviendo.

Su brazo se movía mecánicamente, cogía una, la depositaba entre sus dientes y bajaba a coger otra mientras masticaba la anterior. Solo paró durante diez segundos porque llegó un momento que tenía la boca a rebosar y tuvo que esperar para salivar y tragar, pero en cuanto resolvió este pequeño problema volvió al festín.

Tan enfadado estaba que deseaba y visualizaba un atragantamiento que hiciese justicia, pero esto no se produjo. Lo último que quería es que pensase que yo era un egoísta que no quería compartir algo tan mísero como unas patatas fritas, pero no era eso. Yo tenía mucha hambre y supuestamente ella no. Me había pedido una ración a mi medida. Si me hubiese dicho que también quería habríamos pedido más cantidad.

Yo, que no podía seguir su ritmo, dejé de comer, a ver si así se daba cuenta y se sentía culpable, pero no, no pasó nada de esto. Siguió inflando los mofletes como un hámster ruso recién levantado de su letargo. Entonces, decidí actuar inteligentemente como bien se me ha caracterizado siempre: hice como que chocaba el brazo con mi refresco gaseoso para que cayese parte del líquido en el plato de comida, pero esta brillante idea fracasó también. Simplemente se rio y me llamó torpe, y enseguida siguió comiendo, sin importarle que el gas esparcido pudiese afectar a su estómago.

Creo que en ese momento me surgió un tic nervioso en mi ojo derecho mientras sonreía y asentía a lo que fuera que me estaría contando, estando yo más atento a los múltiples perdigones que salían de su boca al hablarme que a las múltiples palabras que salían de su boca al comer.

Me atreví a acercar la mano al plato para coger una qué sobresalía, y cuando me la iba a llevar al paladar me agarró el brazo con una de sus manos y con la otra me quitó la patata diciéndome con cara de gilipollas que esa era muy grande y que se la diese a ella, que para una que comía…

Me di por vencido y crucé los brazos mientras ella comía. Así estuve unos cinco minutos mientras ella hablaba y comía, hasta que quedó una, entonces esperó mi pareja y esperé yo. Un poco más bla bla bla de su parte y a mí se me iba pasando un poco el enfado interior. Cogí fuerzas y pinché la última patata, que no estaba ni entera. Entonces mi acompañante dejó de decir lo que fuera que estuviera diciendo y me dijo “La de la vergüenza ¿Eh? Si ya sabía yo que al final la ibas a coger tú”.

Y me dejó. Cortó conmigo por tirarle una media patata a la frente. Bueno, y por gritarle unas palabras delante de los vecinos.

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