Condenado

Hacía un rato que se había despertado, pero no abrió los ojos hasta ahora, pues tenía miedo de lo que podía ver e incluso de lo que podía ser. No recordaba nada, absolutamente nada, solo era una mente que lo sabía todo sobre el mundo, pero no sabía nada sobre él mismo… o sobre ella misma. Ni siquiera sabía si era humano. El caso es que algo tendría que ser, pues estaba siendo.

No podía ver nada bajo su cabeza, casi no podía inclinarla, pero sí podía girarla hacia los lados y así observó que a su alrededor todo era verde, un verde bosque que inundaba todo el planeta, pudiendo ser doloroso a los ojos más sensibles. A su izquierda encontró algo diferente. Madera, era madera blanca, pero no era un árbol de corteza blanca como el abedul, sino un listón grande, cortado en forma rectangular, de madera blanca, blanca como la nieve, muy impactante sobre el fondo verde.

Intentó seguir con la mirada el listón que se extendía en paralelo a él. Miró hacia abajo con dificultad y vio que el poste blanco se clavaba en una plataforma de madera, también blanca.

Hacia arriba le fue más fácil seguir el palo, pues podía subir la cabeza con más facilidad que agacharla. Por ello descubrió algo terrorífico, algo por lo que se arrepintió de haberse despertado y posteriormente haber abierto los ojos. Resulta que ese poste blanco terminaba en otro ensamblado, perpendicular al primero y que se extendía hasta su cabeza, y aunque no pudo ver la cuerda, sí notó que del cuello le apretaba una soga… ¡Vamos! Que la figura de madera era una horca y él un condenado enganchado a ella.

Terrible descubrimiento, nacer para morir, pensó. No daba crédito ¿Por qué? ¿Qué habría hecho tan terrible para merecer aquel castigo fatal? Intentó recordar, pero era inútil, solo veía el negro en sus recuerdos. No tenía, ninguno, era totalmente virgen, un cerebro formateado por completo ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Qué delito había cometido? ¿A caso sería justo tanto castigo? Si su mente era prácticamente nueva ¿Qué peligro podría tener en un futuro? Su cabeza ahora era un hervidero de preguntas… no podía creerlo.

Justo en la cima de su desesperación escuchó algo, una letra contundente. “¡Eh!” gritó alguien, una voz femenina y joven, y en ese instante comenzó a sentir un dolor terrible en el pecho, un sinfín de pinchazos que recorrían su tronco, desde el cuello hasta el abdomen y, después cosquilleos insoportables que duraron el tiempo justo para no caer desmayado.

Ahora sí, cuando se le pasó el dolor pudo mirar hacia abajo y verse el cuerpo con harapos blancos, muy relucientes. Y después miró hacia el frente, pues aún no se había percatado que delante de él se extendía un paisaje diferente. Una sala no muy grande, pero tampoco pequeña, y en ella se encontraban unas veinte personas sentadas, mirándole fijamente y sonriendo… Su ejecución era presenciada por estos jóvenes, pues no tendrían más de dieciséis años. Todos atentos, chicas y chicos, de varias razas y distintos peinados.

Nuestro protagonista intentó hablar, quejarse, gritar, pero su boca se mantenía cerrada, le era imposible abrirla y más aún escupir algún sonido oral ¿Le habían cosido la boca?

Ahora la soga le quemaba más, el cuerpo le dolía más, la cabeza le iba a explotar… Pensaba que debía estar acabándose el efecto de aquella droga que le hubiesen dado ¿De qué cruel experimento formaba parte? ¿Por qué los jóvenes miraban atentos? Con un bolígrafo en la mano y un cuaderno en sus pupitres.

Otra palabra. Ahora fue el turno de un chico que le señaló y dijo “¡Ese!”. El condenado se asustó, y más aún cuando el dolor que había sentido anteriormente en su pecho y estómago ahora se había desplazado a sus piernas “¡Qué insoportable!”, se decía… El dolor, los pinchazos y por último el cosquilleo de agujas. Sus piernas blancas descansaban en el tablado, pudiendo distinguir la trampilla que seguramente se abriría en los próximos segundos.

Un sufrimiento inhumano el suyo… ¿Qué delito podría haber cometido aquel ser para recibir tal humillación y tortura?

Se dio cuenta de algo, de otro horror, de otro desastre… no tenía brazos, estos no existían, era completamente manco. Eso le desanimó aún más, si es que era posible, pues si tenía alguna esperanza de salir con vida de aquel lugar ahora sería sin brazos.

Otro descubrimiento más, mientras miraba a su alrededor y bajo los ojos que le machacaban pudo distinguir a su derecha unas rayas, unas líneas horizontales, una seguida de otra, ocho en total. Y encima de algunas de ellas descansaban letras… la “A” en la primera y la sexta línea, por ejemplo.

Entonces lo comprendió todo, ya sabía lo que era, no había duda. Él no era nada, un simple muñeco de tiza, un dibujo creado al instante en una pizarra verde en una clase llena de chavales jugando al clásico juego del “Ahorcado”. Solo le quedaba relajarse y esperar el final de su corta vida.

Quiso jugar también y descubrió que la palabra a descubrir era “AHORCADO”, pero a los jóvenes no les quedaban oportunidades, pues otro fallo más crearía sus brazos y le condenarían a morir de tal manera.

Así fue, después de la “E” y la “S”, dijeron la “I” y aquel fallo dio paso al mismo dolor, esta vez en los brazos, que pudo ver como aparecían en cada costado. Y después del dolor se abrió la trampilla, calló hasta tensar del todo la soga y se ahogaba mientras veía las caras de los escolares, que no supieron salvarle la vida, aunque si hubiese sido así el borrador de pizarra que ahora se acercaba a él le hubiese eliminado de todos modos.

condenado

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