1. Rumanía

¡Oh, bonito país este! ¡Con un esbozo de frontera similar al de un pez gordo! Literal, no me refiero a un político… Hay países en forma de bota, como Italia, o en forma de cabeza de dinosaurio que te quiere comer, como el de Croacia ¡O peor aún! De zurullo, como el de Malaui, pero la forma fronteriza de Rumanía es la de un pez ¡Y se acabó la discusión!

Fruto de la unión entre los antiguos principados de Valaquia, Transilvania y Moldavia nació este país, el duodécimo más grandecito de Europa y el noveno en población, con 21 millones y medio de habitantes, algo menos de la mitad que en España, para comparar. La ciudad más grande y la más poblada con mucha diferencia del resto es Bucarest, también capital del Estado y una de las ciudades más grandes de Europa.

En Rumanía se habla rumano, lengua romance, y nosotros (gente de habla hispana) compartimos esto y podemos comprobarlo leyendo o escuchando el idioma rumano, pues hay palabras muy similares. Los dacios fueron conquistados y romanizados en el segundo siglo después de nuestro Señor Jesucristo, enseñaron la lengua latina a unos y esclavizaron a otros, pero el caso es que Dacia se convirtió en una provincia romana y esta cultura les acompañó hasta nuestros días.

Al sureste se encuentra el Mar Negro, que no es negro de verdad, sino azul. El Danubio serpentea por el sur, creando la frontera natural con Bulgaria y parte de Serbia. Al noroeste hace frontera con Hungría, país con resquemores  históricos por el territorio de Transilvania. Al norte se encuentra la gigantesca Ucrania y al este está este Estado más pequeño llamado Moldavia, otro país con “lengua” romance (muy parecido al rumano, tanto que se discute si de verdad es un idioma distinto, pero no lo es, pues es el acento la mayor diferencia). La meseta, los Cárpatos y la gran llanura dan relieve a este pez, con extensos bosques como escamas, que son refugio de la mayor reserva de osos pardos de Europa. Por cierto, los Cárpatos es la cadena montañosa más larga de Europa.

Mapa

Los veranetes son calentitos y lluviosos, pero los inviernos te van a dejar con los mocos congelados, sobre todo en la zona montañosa. En Bucarest se asoma una temperatura de cinco bajo cero de media en enero, así que llévate un par de abrigos y mucho alcohol para prenderte fuego por dentro.


Viernes 17, De paseo por el Este

Tras superar un viajecito de cuatro horas llegamos a Bucarest a las cinco de la tarde rumana, cansados, pero animados con los cuatro días libres que teníamos por delante. En el aeropuerto ya intuimos que el idioma, a pesar de que su origen era el mismo que el del español, iba a ser un problema, pues nos costó sacar unos Lei (plural de Leu, moneda de Rumanía) en un cajero automático donde no descubrimos como se cambiaba el idioma y tuvimos que darle a todos los botones. También tuvimos algún problema para comprarnos unos billetes de autobús que nos transportase al Centro de la ciudad, pues la mujer de la taquilla no se la veía ni con intenciones de entendernos. Más tarde descubrimos que esto no era así, pues una gran cantidad de ciudadanos dominaban el idioma anglosajón, sobre todo la hermosa juventud… Y algunas personas de avanzada edad aficionadas a las telenovelas latinas.

El viaje en bus que no fue superior a cuarenta minutos lo intentamos aprovechar observando el contraste arquitectónico que se nos presentaba tras la ventana. Algunos caserones reformados y otros en la miseria absoluta, con tejados rotos y vigas carcomidas. Otros barrios mucho más grises y cuadrados nos enseñaban el legado que dejó la antigua Unión Soviética. Poco a poco el sol se fue despidiendo y el escaso color que había en las calles fue desvaneciéndose. En esta ciudad anochece sobre las seis de la tarde en pleno marzo.

El autobús nos dejó en la Plaza de la Universidad (Piata Universitatii), donde habíamos quedado con nuestro anfitrión (Couchsurfing) a las diez de la noche, pero hasta entonces quedaba tiempo para echar un primer ojo a la oscuridad de viernes bucarestino. Una foto en el kilómetro 0, una visita a una librería barata, una ojeada al Casco Viejo, un descanso en el Parque de la Unión (Parcul Unirii) y una cerveza en un garito de música rock, en pleno Centro, bastante barato para nuestra cartera común. Así pasamos las primeras 4 horas, demasiado a gusto.

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Regresamos a la plaza donde habíamos quedado con Miron. Él nos alojaría dos noches en su casa a cambio de buena compañía. Fue puntual y a las diez ya estábamos intercambiando frases cualesquiera para conocernos mejor y evitar comprensibles silencios incómodos. Seguidamente, Fosforito y yo nos compramos unos trozacos de pizza para llevar y unas patatas de bolsa como cena, y partimos todos hacia la casa de Miron, a unos diez minutos en su coche.

Las carreteras en aquella ciudad son de peor calidad que las que tenemos en las grandes ciudades españolas, pero tampoco son muy malas. La velocidad parecía respetarse y los semáforos también, pero no se ponían el cinturón (al menos los tres conductores que pude ver) y las “pirulas” las hacían continuamente, como los cambios de sentido, y también parecía que les costaba ceder el paso. Pero bueno, la seguridad que transmitían al volante no era del todo pésima.

Miron resultó ser una persona tímida, pero educado, respetuoso, culto y abierto. Amante de los idiomas, hablaba rumano, inglés y un poquito de francés, y gracias a Couchsurfing estaba perfeccionando el español que años atrás había estado estudiando, y aunque aún le faltaba mucho por aprender nos entendía y se hacía entender perfectamente. Estaba muy puesto en la política actual española y tenía conocimientos básicos de la historia del siglo XX en España, acentuando la Guerra Civil Española y la época del Franquismo. A mí, ciertamente, me da un poco de vergüenza que los de fuera sepan sobre nuestra historia y yo no tener ni idea sobre la suya, porque ciertamente, de Rumanía no sabía nada, y ahora solo sé un poquito.

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Antes de irnos a dormir estuvimos tomando unas cervezas autóctonas, charlando un poco, intercambiando música y conociendo a su gata, que nos atormentaría durante la noche. La casa era calentita y muy vieja, según Miron pertenecía a sus abuelos, que ya no vivían allí, y era de la época soviética, así que al igual que en Moscú, dormimos en una habitación espaciosa con un gran ventanal que asomaba al barrio gris de altos bloques de hormigón.

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